Eumar Esaá | Últimas Noticias.-Londres. La primera vez que vi a
Norys Gascón fue cuando
Rubén Limardo regresó de Austria con su trofeo de
campeón mundial juvenil. Un beso en la boca trazó un cuadro de ternura que iba mucho más allá del papel de aquella madre en el forjamiento de Limardo como atleta.
Suyas fueron las líneas maestras de la estructura que hoy hace que la
esgrima bolivarense aporte al menos dos tercios de la selección nacional de espada. Suyas fueron todas las batallas, al nivel que fuera, para garantizar el apoyo a un
proyecto que concibió con su primogénito como eje. Y suyas eran también las
palabras de aliento, las programaciones de motivación o los chistes para bajar la presión cuando las cosas no salían bien.
Fuera en persona, a través de mensajería telefónica, de un chat o simplemente del calor de su amor expresado en el perfecto silencio de la distancia,
Norys Gascón sostenía a ese hijo emocional y logísticamente. No había batalla que no diera ese mujerón de voz gruesa y risa fácil, que con el tiempo se fue convirtiendo en una
madre universal. Además de sus tres hijos, vivía en su casa cuanta promesa de la esgrima mostraba alguna necesidad, tal vez como una forma de
aliviar la nostalgia por el nido que quedó vacío con la partida de sus vástagos mayores,
Rubén y Francisco, a
Polonia, para entrenarse junto a un
tío maestro de armas formado en Ucrania,
Ruperto Gascón, el
otro pilar del proyecto detrás del flamante medallista de
Londres 2012.Esa mujer imprescindible
faltó en noviembre de 2010. Sufrió un derrame cerebral cuando celebraba su cumpleaños, mientras sus hijos y sobrinas disputaban el
Mundial de esgrima de París, pero fue tal el temple de su pulso para sostener el hogar, que
sobrevivió un día entero, el que le tomó a su familia regresar, sólo para morir rodeada de sus tres hijos.
A una pérdida de ese tenor
se sobrepuso Limardo en este ciclo olímpico. No había aspecto de su carrera y de su vida personal que ella no sostuviera de alguna forma, desde las
gestiones para obtener sus recursos hasta las
vacaciones prolongadas que tanto disgustaban a su tío y entrenador, por el alejamiento de las prácticas.
Hace poco el tirador confesó que tras la muerte de su madre
llegó a pasarle por la cabeza abandonar la esgrima, tal era su desmotivación, pero como todas la aguas en la vida, aun las más turbulentas, encuentran su cauce. Limardo fue convirtiéndose poco a poco en todo
lo que fue Norys: pilar, guía, inspiración. Tomó su lugar en la familia y en el equipo de esgrima que esa familia constituye. Donde quiera que esté,
Norys encontró la razón para reanudar esa fiesta que se interrumpió en noviembre de 2010.