El retorno de Fernández de Kirchner: imbatible

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Durante la asunción de su segundo mandato (2011).

Durante el último siglo, la República Argentina puede arrogarse la manifestación de uno de los movimientos políticos más complejos de los que se tenga noticia en la historia latinoamericana: el peronismo. Y si por su nombre se entiende que fue Juan Domingo Perón la figura en torno a la cual se cimentó esta tendencia política, no hay forma de escamotearle a Eva, su esposa, parte del protagonismo en la construcción de un ideal que goza de gran vitalidad al día de hoy en la sociedad argentina.

Ambas figuras se imbrican con los años en la idiosincrasia nacional y alcanzan carácter de patrimonio intangible de la argentinidad. Hablamos de un cielo que resguarda también a Carlos Gardel, Juan Manuel Fangio y Diego Maradona, una corte de ídolos invictos venerada por amplios sectores de la población.

Néstor y Cristina, vidas acompasadas.

Cuando Cristina Fernández ocupó la Casa Rosada en 2003, ganada la presidencia por su marido Néstor Kirchner, tenía clara conciencia de la importancia que esta simbología afectiva representa para los argentinos. Así que puso manos a la obra en los salones del palacio presidencial, recuperando la majestad patria que regentes anteriores, desde los tiempos de la dictadura, habían inhabilitado, entre ellos el despacho desde el cual la propia “Santa Evita” había desbordado de atención al pueblo más necesitado. Podía suponerse que su rol allí sobrepasaría al correspondiente para una primera dama.

Cristina venía comiéndose las verdes con Néstor desde hacía veinte años, cuando iniciaron sus luchas sociales. Ambos eran abogados y sus intereses comunes los habían hecho desembocar en la ciudad de Río Gallegos, capital de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia argentina, donde a partir de entonces debieron acompasar sus vidas.

Acompasados estuvieron cuando Néstor, primero como intendente y luego como gobernador, asumió el camino de la lucha política. Acompasados siguieron cuando desde la plataforma que su marido levantara en el sur, Cristina saltara al Senado de la Nación en la ciudad de Buenos Aires, a 2.500 kilómetros de distancia. Y acompasados permanecieron cuando el destino materializó su plan para ellos a las puertas del segundo milenio.

Llegar para quedarse. El futuro de ambos se sellaría tras los días finales del año 2001, en el que la situación económica había causado una inusitada crisis de representatividad en el país. Al grito de “¡Que se vayan todos!”, y en medio de intensas revueltas populares, Argentina vio pasar por la jefatura de gobierno a cinco presidentes en pocos días. Apenas consiguió estabilizar la situación del país, Eduardo Duhalde, el último de los mandatarios interinos, adelantó la celebración de comicios en los que Kirchner, como “gallo tapao” del peronismo, obtendría la primera magistratura. Por los siguientes 12 años, actuando como un solo ente, Cristina y Néstor darían estabilidad a una nación que parecía ingobernable.

Trama y desenlace. Poco después, ante circunstancias sobrevenidas, Fernández debió tomar la que sería la decisión de su vida: “Inicialmente me resistía. Aún hoy sigo sin estar segura de que haya sido lo correcto, aunque también pienso qué hubiera pasado si lo hubiéramos perdido a él siendo presidente: una catástrofe”. Aquel temor de Cristina había surgido del deterioro que los afanes de gobierno habían producido en la salud del entonces presidente y que eventualmente le cobrarían con su vida. Tan real resultaba esa amenaza que Néstor advirtió a su esposa sobre lo que sucedería una vez él hubiera desaparecido del plano físico: “Te van a perseguir a vos y a tus hijos”, le había dicho poco antes de fallecer.

Le afligió a Cristina saber que Néstor no se equivocaba y que sus hijos sufrirían por ser hijos de quienes eran. Hoy, su principal causa tiene que ver con la enfermedad de Florencia, su hija menor, diagnosticada con estrés postraumático a causa de la persecución judicial y mediática a la que fue sometida tiempo después.

La “fuerza” de Cristina está con su pueblo.

“Soy Cristina”. Después de su triunfo en el proceso electoral de 2007, con el más holgado margen de ventaja del período democrático, la presidenta argentina abriría un frente de batalla contra los medios y la prensa de derecha, particularmente el diario Clarín que, en boca de uno de sus opinadores, practicaría con ella “periodismo de guerra”.

La fortaleza anímica de Cristina hablaría con estas palabras: “Repiten como un mantra que soy ‘montonera’, ‘grasa’, chorra’… hasta ‘asesina’, pasando por ‘dictadora’ y ‘puta’. Pero lo cierto es que más allá de los unos y los otros, soy Cristina, una mujer… con todo lo que implica ser una mujer en Argentina”.

Como un ente de carácter divino, Fernández se vigorizaba con esos ataques, proyectados desde la mirilla de las grandes corporaciones, principales afectadas por políticas antineoliberales como la nacionalización del Correo Argentino, Aerolíneas Argentinas, la petrolera YPF y los fondos de pensiones. Su decisión de ir a la reelección se produjo en ausencia de su compañero de vida, que había fallecido meses antes. Ella, que opinaba que la construcción política nunca es individual, y que nadie es dueño de su destino, atendería una vez más al clamor popular.

La que en un principio fuera expresión de consuelo por su inesperada viudez se convirtió por intuición en lema de campaña. En octubre de 2011, bajo la consigna “¡Fuerza Cristina!”, el electorado la apoyó masivamente en las urnas, reafirmando su liderazgo con un 54,11% de los votos, el porcentaje más alto en una reelección desde la de Juan Domingo Perón en 1952.

La vuelta inesperada. Al finalizar su segundo mandato, en 2015, Fernández se despidió con una concentración multitudinaria en Avenida de Mayo, circunstancia sin precedentes en la historia del país. Ese mismo día iniciaría otro frente de batalla, contra las causas judiciales que desde entonces se reprodujeron sin cesar, incoadas en su mayoría por personajes que calzan hoy la categoría de archienemigos.

Quince indagatorias a la fecha no consiguieron rendirla, eludiendo el destino que eventualmente afectaría a sus pares ideológicos, Dilma Rousseff, Lula da Silva y Rafael Correa. Con su figura indemne tras semejante ofensiva, muchos pensaron que Fernández volvería por una tercera presidencia. Nadie anticipó lo que terminaría sucediendo.

Con el presidente electo, Alberto Fernández.

Del mismo modo que Néstor Kirchner había hecho con ella, decidió dar un paso al costado y trazar una estrategia que analistas políticos consideraron “perfecta”. Convirtiéndose en la llave de su entrañable colaborador de otros tiempos, Cristina obtuvo el apoyo político de grupos peronistas disidentes, sin dejar de escuchar los clamores de un pueblo al que siempre estuvo atenta. El triunfo de Alberto Fernández es el suyo. Y ya Cristina –así llamada, entre amigos– ha comenzado a ganarse un dominio en los altares íntimos de la patria.

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