Luchita deslumbra a los 99 años

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La fascinación por el arte y por quienes lo producen es un rasgo privativo de los tiempos modernos. Eso que diera en llamarse la “realización artística” supuso un salvoconducto para que ciertos individuos se entregaran sin reparo a la pasión creadora, generando, si no la admiración, al menos la atención de sus semejantes.

A través de los años el producto que esa mente generaba, sobre todo en el ámbito de la plástica, se convirtió en un bien de consumo. Hoy, un ejército de galeristas, curadores y marchantes se encuentra presto para la captación de figuras con las cuales llenar un vacío cada vez más necesitado de sangre joven.

Luchita Hurtado cumple el próximo lunes, 28 de octubre, 99 años de edad, es venezolana y es la nueva “sangre joven” que el mercado mundial del arte estaba esperando. Por tal razón, la BBC de Londres la ha incluido en la lista de las 100 mujeres más influyentes del mundo del año 2019, decisión que emuló en lista análoga la revista norteamericana Time.

Hurtado comenzó a llamar la atención de público y crítica en la Bienal del Museo Hammer de Los Ángeles, con la muestra “Made in L.A. 2018”. Poco después organizó su segunda exposición individual en la galería Hauser & Wirth, una de las más influyentes a nivel internacional. Hace pocos días clausuró con enorme éxito la exhibición de un centenar de sus obras en la Galería Serpentine de Londres. Para el 2020, el Museo Tamayo tiene programada su primera exposición en suelo latinoamericano. Pero, ¿de dónde surgió este meteoro centenario de exquisita sensibilidad artística?

¿Quién eres tú?

Su “descubrimiento” ocurrió hace apenas tres años, durante el montaje de una exposición sobre la obra de su marido, el también pintor Lee Mullican. Ese día el curador de la muestra topó con unas pinturas firmadas con las iniciales “L.H.”, notoriamente diferentes de las de Mullican, por lo que preguntó a Luchita a quién pertenecían. Luisa Amelia García Rodríguez Hurtado respondió en su segunda lengua: “That’s me” (“Esa soy yo”).

Desde ese momento la artista nacida en la comunidad de Maiquetía en 1920 ha tenido que reafirmar su identidad ante la perplejidad de quienes, admirados por su obra, buscan las razones de tan tardío desvelamiento.

Pero nada hay de extraordinario en su vida que lo explique. Las circunstancias le fueron imponiendo, como a tantas mujeres, la muda militancia en el servicio familiar, que insta al sacrificio de la individualidad en favor de la de los demás. “Quizás las personas que estaban mirando lo que yo hacía no tenían ojo para el futuro”, dice a propósito de quienes la rodearon a lo largo de su vida, comenzando por sus padres, sus tres maridos y tres de sus cuatro hijos (un cuarto falleció siendo niño), todos con sensibilidad para las artes, siempre que fueran las propias. “Nunca dejé de pintar, no podía evitarlo. Cuando tenía hijos, trabajaba de noche. Nunca sentí que tuviera tiempo para mostrarle a la gente mi trabajo”.

Debido a sus vínculos familiares, Hurtado gravitó desde 1940 alrededor de un círculo de artistas de innegable influencia en la historia del arte contemporáneo: Marcel Duchamp, Rufino Tamayo, Wolfgang Paalen (su segundo esposo), Lee Mullican (el tercero), Leonora Carrington, Frida Kahlo, Diego Rivera, Man Ray, Roberto Matta, Fernand Leger, etc. Sin embargo, las inquietudes artísticas de Luchita fluyeron por el lado de la confección (diseñando su propia ropa) y la fotografía.

Entre los años 50 y 60, Hurtado desarrollará una vehemente actividad pictórica, siempre puertas adentro, buscando colores, formas y motivos entre sus primeros recuerdos, esos que le llevaban a la tierra venezolana, de la que se había desprendido a los 8 años de edad.

Tierra nutricia

Su afinidad por el arte proviene de aquellos tiempos en los que despertó al sol tropical en predios del litoral guaireño, mismos donde Armando Reverón se hizo genio de la luz. “A veces me despierto viendo la cara de mi padre. Tenía ojos verdes, y lo veo claramente, cuando era joven. Recuerdo haberlo esperado una vez en el zaguán, ese espacio ubicado delante de las casas de mi país. Son imágenes que vienen sin siquiera evocarlas…”.

Luchita cita de este período uno de sus primeros hitos sensoriales: “Siendo una niña, tenía un gran sentido del olfato. Podía oler a una mariposa rompiendo su capullo. Miraba abstraída todo el proceso. Visualizar esa magia fue una fuerte influencia para mí”. Detrás de ese recuerdo persevera una obsesión por la gama cromática de las mariposas que, en cada vuelta a Venezuela, la rondan donde quiera que va. Le cobran así sus culpas, quizá, por haberlas prendido con alfileres alguna vez en las paredes de su casa.

Desde entonces, su memoria está impregnada de imágenes coloridas, en las que su terruño se proyecta como una estampida de sensaciones provenientes de la naturaleza: “Mis primeros recuerdos no incluyen a mi madre en absoluto. En su lugar aparecen estas dos tías viejas maravillosas, una de las cuales siempre está cocinando. Las cocinas en ese entonces se ubicaban fuera de la casa, porque no había gas, ¡era la década de 1920! Jugaba afuera con mis muñecas mientras mi tía cocinaba. Un primo tenía esta casa en el jardín, y había un arroyo que la atravesaba. Recuerdo estar sentada en esa corriente en un día muy caluroso, comiendo un mango y pensando: ‘La vida no puede ser mejor que esto’”.

Más tarde, en Nuevo México, durante los años 60, Luchita solía dejarse seducir por los bailes autóctonos que allí se ofrecían como atractivo turístico: “Los miembros de la presentación no me preguntaban si era india; ellos solo indagaban: ‘¿De qué tribu eres?’; yo respondía: ‘Venezolana’; a lo que uno de ellos ripostaba: ‘¡Nunca había oído hablar de esa tribu!’… Dentro de mí siempre habitó la sensación de ser india, en aquel momento identificada con la actitud de aquellas personas hacia la tierra, que estaba viva”.

Mirando hacia adentro

A partir de los años 70 Hurtado participa en pequeñas exposiciones colectivas, montada en la ola del movimiento feminista que desde entonces no ha abandonado. Son los tiempos en los que Luchita encuentra su vena temática, una conexión entre cuerpo, naturaleza y universo.

Durante este período de su vida produce una serie de autorretratos que revelan las condiciones bajo las cuales trabaja: una madre de familia que solo puede pintar en sus momentos libres, tarde, por la noche, y sin acceso a nada más que a ella misma. Hurtado se encerraba en su armario y, desconectada de todo, pintaba lo que veía. Y lo que veía era su propio cuerpo, desnudo, mirado desde arriba, y hacia el centro del cosmos que la habitaba.

Eran autorretratos que, paradójicamente, no incluían su rostro. Esa combinación de poses íntimas con perspectivas panorámicas de cielo y tierra, su cuerpo como paisaje, orientará su producción en los siguientes años hacia preocupaciones de índole ecológico.

La tierra vuelve a la tierra

Figuras orgánicas, textiles, frutas, árboles, montañas, volcanes, dunas, nubes, astros son los elementos con los que Luchita realiza sus composiciones, trasmitiendo una visión integradora del mundo a través de la naturaleza, visión holística común, por cierto, a la del explorador Alejandro Humboldt en su intenso recorrido por la tierra venezolana.

Cinco años antes del nacimiento de Luchita Hurtado, en 1914, justo debajo de un hervidero de asfalto, tuvo lugar la activación del primer pozo petrolero en Venezuela, el Zumaque I. Entonces la violencia con la que el subsuelo expulsaba el llamado “oro negro” estremeció a los lugareños. Hoy la violenta irrupción con la que esta artista se planta en la escena plástica mundial supone un nuevo reventón de fuerza telúrica, pero esta vez en sentido inverso, llamando a velar, desde el campo de la creación, por el cuido del planeta.

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