La fiesta eterna de Memo Morales

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Este será el tercer diciembre que los venezolanos pasaremos sin la presencia física de alguien que suele instalarse en la sala de la casa durante esta época del año. No es que solo lo haga en Navidad, por cierto, pero es por estos días festivos, sobre todo para las generaciones que desconocieron los carnavales de oropel caraqueño, cuando más tiende a evocársele, cuando más tienden a sonar sus andaluces cantares, los que llevaran a los guasones de turno a calificar las composiciones del maestro Billo Frómeta de “música gallega”.

Y fue justamente en fecha decembrina, acaso como producto de un pacto con uno de sus entrañables carnales, cuando Memo Morales nos dejó vestidos de fiesta. Así como se acallara la voz de Cheo García en vísperas de la Nochebuena de 1994, fue en la celebración del Año Nuevo de 2017 cuando Guillermo Enrique Morales Portillo entregó su último y melodioso aliento. Lo hizo, según testimonio de su hija Alicia, en plenitud de ánimo, como tenía siempre que se entregaba a su público, como confesó que quería mantener en su hora final.

La trayectoria de Memo Morales cubre el último medio siglo pasado, cuando Venezuela constituyó el centro de gravitación del más rico movimiento musical de la historia —sin desmeritar a sus satélites caribeños—, cuando cundieron ritmos y géneros, grupos y orquestas, intérpretes y compositores.

Cuando no fue granero mismo, nuestro país acogió, nutrió e impulsó a una constelación de figuras que elevaron la media mundial de festejo y goce. La Billo’s Caracas Boys sería uno de los puntales del movimiento y, dentro de ella, la etapa de Morales una de las de mayor esplendor.

Decantación de un estilo. La vocación de Morales se manifiesta tempranamente, en su Maracaibo natal, cantando en programas radiales para aficionados. Uno de ellos nos lo descubre ya en la capital, en 1945 (con 9 años de edad), interpretando el tango “Princesita rubia”, que lo hará merecedor del primer premio.

Esa pequeña fama no le alcanzará, sin embargo, para pagar el transporte que lo lleva y lo trae entre la avenida El Atlántico y la Escuela Miguel Antonio Caro de Catia, por lo que canta también al momento de franquear el torniquete del autobús. Tras esa primera experiencia capitalina, Memo volverá a Maracaibo a terminar de pulir sus dotes musicales.

En el estado Zulia han nacido por aquel entonces una serie de talentos que recalarán a partir de la década del 50 en la famosa quinta “Lilian”, de la avenida Andrés Bello, suerte de embajada en la que se hospedan, entre otros, Felipe Pirela, Teresa Antúnez, Raiza Portillo y Beto Parra. Memo ejerce como “secretario delegado” de esta misión maracucha y establece sus primeros vínculos en el ámbito musical caraqueño.

En 1955 comienza a trabajar como atrilero de la Orquesta de Juanito Arteta. Allí recibirá la más grande influencia de su vida artística: Rafael Machado, cantante del conjunto, le legará el estilo de interpretación de aire andaluz que se venía imponiendo en tierras americanas gracias a la nostálgica proyección de los Churumbeles de España, proscritos del régimen franquista.

Ya entonces, aun cuando se reconoce como un cantante “redondo”, es decir, que aborda con solvencia todos los géneros, Memo sabe que la clave del éxito está en la definición de un estilo propio. Durante aquella encarnizada competencia de talentos, ningún otro solista optará por el mismo camino, exclusividad que a Morales le valdrá más tarde el epíteto de “el Gitano Maracucho”.

Ni se compra ni se vende. Hablar de aquellos tiempos como de competencia “encarnizada” es más que una frase hecha puesto que innumerables son los grupos y orquestas que proliferan a finales de los años 50, debido al creciente mercado del entretenimiento musical. Grabaciones de discos, presentaciones en clubes y restaurantes, programas de radio y televisión, festivales y fiestas patronales conforman una veta rabiosamente explotada por los mandamases del negocio.

Agrupaciones y disqueras se pelean a muerte por músicos e intérpretes, quienes a su vez se van permutando entre unas y otras. En menos de tres años, Memo Morales pasa por las orquestas de Carlos Torres, Luis Alfonzo Larrain, Leonardo Pedroza y los Hermanos Salani, así como por los conjuntos Los Solistas y Los Peniques.

En medio de este frenesí se produce el veto contra Billo Frómeta, surgido desde la propia Asociación Musical de Caracas, situación de la que Memo es testigo de excepción, por ser miembro del tribunal disciplinario de la institución. Al abogar en esa situación por el maestro dominicano se inicia la que será una larga, y fructífera, amistad.

Una vez solventado el impasse, Memo, paradójicamente, no integrará la alineación de la nueva Billo’s Caracas Boys, aun cuando sí aconseja la contratación de Felipe Pirela y Cheo García, coterráneos con los que Frómeta soñaba conformar un dream team marabino (los “Tres regalos” que en forma de chachachá ofrendará a la tierra que lo ha acogido en su mala hora). Ese tercer solista será, en cambio, Joe Urdaneta, a quien tres años después, en 1964, sustituirá al fin Memo Morales, “robado” por Billo a la Orquesta de los Hermanos Salani.

“¿Y tú cantas pasodobles?” En la medida en que antes ni después hubo fórmulas que equipararan lo alcanzado por esta estrecha colaboración, el vínculo entre director y cantante resultará un acontecimiento extraordinario para el mundo musical, si bien ciertas circunstancias parecen impuestas por un destino de caprichos melómanos. Una de ellas, el hecho de que el maestro no hubiera pensado nunca antes en Morales para interpretar pasodobles.

Fue a solicitud de este y al hecho de que contara en su repertorio íntimo con una docena de temas cedidos por su viejo amigo Rafael Machado (entre ellos “Fea” y “Adiós, España”) que Billo se decide a añadir voz a sus bailes españoles, que hasta entonces habían sido instrumentales (“Don Felipe Mota”, “Campanera”, “La luz de tus ojos”, “Don Quijote”, “Gallito”, etc.), imponiendo nuevas sonoridades a su arcoíris melódico. Incitado en otro momento por Morales, el dominicano se atreverá a cantar en una presentación en vivo —algo inusual en él— uno de aquellos pasodobles de Memo (“Si vas a Calatayud”), con lo que, según el cantante, irá tomando confianza hasta llegar a grabar un disco vocalizando sus propias canciones, en 1970.

Memo será responsable de otro hito: el primer tema en convertirse en número uno en Colombia, donde la orquesta desarrolla una trayectoria paralela tan exitosa como la realizada en Venezuela, es “Jamás te olvidaré”, incluido en la primera grabación del maracucho con la Billo’s, y que, curiosamente, no tiene aire español.

En los siguientes doce años, Memo Morales sumará una larga lista de éxitos como “Ni se compra ni se vende”, “La niña Isabel”, “Se necesitan dos”, “Dámele betún”, “El tunante”, “Fantasía moruna”, “Juanita bonita”, “Y viva España”, “Eva”, “La canción de Caracas”, etc., que le reservan ese lugar del que hablamos al principio, junto a nuestras querencias y recuerdos más hondos.

Se va el caimán… No obstante la diferencia de edad, 22 años, entre Billo y Memo se mantendrá un gran afecto hasta el final, lo que, contradictoriamente, pudo haber sido la razón de la salida del cantante de la orquesta en marzo de 1976. Reconocerá Frómeta, años después, que ser el preferido le granjeó a Memo celos y envidias por parte de los demás músicos del conjunto, circunstancia que se traducirá en cierta incompatibilidad de caracteres.

Alegaría Morales, por su parte, la necesidad de descansar de ese forzado ritmo al que la Billo’s laboraba, a razón de varios toques diarios por largos períodos. Marchado el maracucho, Frómeta exclamará con soberbia: ¡No hago más cantantes!”, molesto por verlos sumarse a su lista de competidores.

Menos de un año más tarde Memo vuelve al ruedo, esta vez como solista, realizando una gira por EEUU. A finales de 1977, jugará para el que pudiera tenerse por rival de Billo (en la realidad no lo fueron): Renato Capriles. Este lo contrata para la Orquesta Los Solistas, armando un trabuco de intérpretes con Verónica Rey y Carlos Argentino. Trabajará los siguientes años en varias agrupaciones, como La Inmensa, del propio Renato; Federico y su Orquesta, con la cual graba su último éxito (“Mi promesa”); y La Nuestra, en compañía de Luisín Landáez y ya en faceta de empresario.

Una vez decide formar con Cheo García La Gran Orquesta, en 1984, Memo completa un periplo vital iniciado en 1950 cuando ambos se conocen o, más bien, cuando el primero descubre al segundo en la ciudad de Maracaibo. Juntos revivirán su etapa dorada como miembros de la Billo’s hasta el fallecimiento de Cheo, una década después.

¡Adiós, Caracas! La capacidad de trabajo de Memo le lleva a integrar la orquesta de Guillermo Morales, su hijo, a lo largo de sus postreros veinte años, demostrando idéntica efusión por el canto a la que mostrara en aquella casita de la calle Libertad, de la parroquia Santa Bárbara, que lo viera nacer en 1936.

Sus últimos aplausos los recibirá en la misma locación del Club Casablanca, donde diera sus pinitos con la Orquesta de Luis Alfonzo Larrain, como si el tiempo se hubiera suspendido en una larga nota musical, propia de una fiesta eterna.

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