El trap no necesita metáforas

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En 1969, durante el concierto de Woodstock, The Who, uno de los entes más díscolos del movimiento contracultural, generaba el paroxismo de 500.000 almas entonando el estribillo de “Mi generación”:

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“La gente trata de menospreciarnos / simplemente porque vamos donde queremos. / Las cosas que hacen parecen horriblemente frías. Espero morir antes de hacerme viejo. / ¿Por qué no se desvanecen? / ¿Y dejan de tratar de escarbar en todo lo que decimos? / No trato de causar una gran sensación / solo hablo sobre mi generación”.

El 9 de noviembre pasado, en las instalaciones del Parque Bolívar de La Carlota, Neutro Shorty comenzó su presentación entonando la siguiente estrofa: “Seriedad es lo que represento, quieren verme muerto en un maldito asiento. / Si en vida no superan mi talento, tendrán que conformarse con la vía de todos mis restos. / Saben que yo soy su padre en esto, vociferan ser hombres y no se dan su puesto. / En cualquier forma me manifiesto y como sea mi ventana es un millón con cientos”.

Entre una y otra letra median varias décadas y, aunque en efecto podría verificarse algún grado superior de violencia en la más reciente, ambas guardan un espíritu pendenciero similar. Característica de las movidas musicales underground, el tono incendiario de sus letras ataca por defecto las instituciones establecidas. No hay forma de evadir el lugar común para justificarlas: son producto del rumbo que sigue el mundo.

Una diferencia notoria entre los espectáculos mencionados, sin embargo, fue la actitud que mostró el público asistente. En el memorable concierto de hace 50 años, cuya duración fue de tres días continuos (con sus noches), imperó una atmósfera de fraternidad absoluta.

Tres personas fallecieron, según datos de la época, todas en circunstancias accidentales. Tiene sentido preguntarse por el resultado que habría tenido de haber mostrado aquel medio millón de asistentes la actitud que se impuso entre los 8.000 que acudieron al coso de La Carlota, llevándose por delante puertas y vallas, escalando cercas y atropellándose sobre la tarima.

La pregunta viene al caso porque no es la primera vez que se organiza en el país un concierto como este, de convocatoria abierta y con carácter gratuito, sin que por lo general haya habido algo que lamentar. Más allá del peso que suele tener en estos eventos la logística organizativa, responsable forzosa de cuanto allí suceda, cabe la cuestión de si ha tenido algo que ver también el tipo de música que ese día estaba programado y el peso de su influencia sobre el público.

La promoción del espectáculo de Neutro Shorty comenzó dos o tres semanas previas a la fecha y se realizó a través de las redes sociales. La respuesta superó las expectativas de los organizadores y las del propio artista, quien lo reconocía al pregonar “¡me subestimé, me subestimé!”, desde la tarima al comienzo de su frustrada presentación. Se trata, por tanto, de un fenómeno que insurge en nuestro país ante la mirada atónita de la industria musical, que menos tarda en darle cabida que en cuestionar la calidad del producto.

Receta para ser malo. El origen de este movimiento musical en Venezuela es posible detectarlo en la movida subterránea aunque a través del influjo mainstream norteamericano, contexto donde se origina en la década del 90.

Del mismo modo que ha sucedido con ritmos como el rap y el hip hop, fue asimilado rápidamente por cultores nacionales, por lo que sus códigos mantienen la genética del gueto, negro o puertorriqueño, en el que la pobreza se reivindica marginada de la ley, condición que si bien tampoco es ajena a otros ritmos musicales, como la salsa, por ejemplo, no había llegado a manifestarse como propia de un género determinado.

El trap no debe confundirse con el reguetón, al cual se le vincula por cercanía, dado que fue incorporado al repertorio de algunos reguetoneros destacados, como Maluma o Becky G. Se trata de un ritmo reconocible en sus letras jactanciosas y vindicativas, que el intérprete asume con acento confesional.

Por esa razón muchos de ellos explotan en su físico rasgos referidos al estereotipo criminal, pletórico de tatuajes al estilo mara salvadoreño o con cortes de cabello tipo skinhead. Y asumen una gestual aspaventosa compuesta de alegorías como las de quien porta armas, agrede o se aplica al consumo de drogas.

Su instrumento de difusión por excelencia es el videoclip, que circula al margen de éticas de responsabilidad y puede ser replicado entre sus seguidores a través de las redes sociales, próspero feudo de interacción no comercial.

Aunque existen matices dentro del estereotipo, para el subgénero latino aplican criterios básicos en la producción de letras, música y videos que han sido resumidos en infinidad de tutoriales con intención satírica. La receta de este ritmo ofrece poca imaginación y resultan una excepción los ejemplos de virtuosismo dentro del género.

El secreto de lo que no es secreto. Por qué, entonces, el trap es tan popular?

Al tratarse de un producto etiquetado como “sin censura” adquiere el atractivo de lo prohibido, aquello que por alguna razón se quiere escamotear o esconder del ámbito público. Lo prohibido atrae porque incluye la promesa de un secreto en proceso de ser revelado, un conocimiento que merece ser conocido tan solo por unos pocos, que por esto son luego privilegiados.

Es la suerte proverbial que aplican magos, brujos y profetas en la cotidianidad: no es lo que muestro sino lo que descubro ante tus ojos lo que llama tu atención.

Este elemento se ve condicionado a su vez por otro, que lo multiplica en tiempo y espacio: las redes sociales. Su difusión abierta le confiere la capacidad de llegar a todo tipo de público, sin distingo de raza, condición económica y, sobre todo, edad. Un contrasentido para cualquier mente atenta, el material que circula a través de Youtube, Instagram o Facebook puede ser de todo menos prohibido o secreto. Sin embargo tiende a ser consumido como si lo fuera, con la malicia que el consumidor le endosa ingenuamente.

Lo censurable, que no censurado, del trap puede llegar a ser el lenguaje y ciertas temáticas morbosas que trascienden el asunto de la violencia gangsteril, como lo relacionado con las prácticas sexuales y el consumo de drogas ilícitas. Lo que el reguetón ya exponía sin sutilezas, el trap le añade un tono sombrío y perverso.

Sondeando la interacción con fans en las redes sociales del propio Neutro Shorty, Reis Bélico o Arcángel, para mencionar algunos de algunos de los más renombrados traperos, resulta manifiesto el apoyo de un público infantil, en un rango que se abre en los 10 años de edad. A ellos hablan, quieran o no, estos músicos venezolanos. De esta audiencia inmadura pero con enorme inquietud por dejar de serlo obtienen la efervescencia que los catapulta hacia el éxito.

Una puesta en escena sin metáforas.
A este público le cantaba Neutro Shorty el pasado 9 de noviembre: “Ahora put the mariwana on the table / Que vamos a hacer que se arrebate todo el neiborg / ahora put the mariwana on the table / porque vamos a hacer que se arrebate todo el gueto…”.

A diferencia de lo que ocurre tradicionalmente en la creación musical, en el que las letras de las canciones fluyen sobre el campo poético (valdría decir, incluso en el reguetón), en el trap no hay lugar para las metáforas. Su discurso literal se refuerza en el contexto narrativo y se reafirma en el visual. Sus videoclips, en los que armas y drogas se muestran sin reservas, son la mejor evidencia de ello.

Asimismo, sus figuras tienden a ser estimadas en la medida en que reivindican su apego a ese mundillo. Ejemplos hay de traperos vinculados al crimen organizado, o enjuiciados por narcotráfico y/o porte ilícito de armas, como Anuel AA o Ñengo Flow. Sus seguidores comprenden esto como una prueba de la autenticidad del artista y de su mensaje. Muchos de ellos, en particular si son preadolescentes, no sabrían diferenciar realidad de puesta en escena, franqueza de aspaviento, verdad de mentira.

“El tiempo pasa de prisa, así es la vida o saltas u otro te pisa. / Aplasta la envidia con una sonrisa, que la muerte llega y no avisa”. Es una frase extraída de uno de los dos temas que Neutro Shorty decidió cantar antes de suspender su presentación en La Carlota, minutos después de que una niña falleciera al intentar ingresar al concierto. Tampoco en este caso hubo metáforas.

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