Deyna, el triunfo de todas

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El arte triunfar produce siempre fascinación. En cualquier área del saber, disciplina, arte, práctica o labor, le vale a quien lo logra amores y odios, pero sobre todo un lugar en la historia, así sea una historia pequeña. 

El triunfo que lleva a la gloria, y a no volver a pasar desapercibido, también conlleva una indagación incesante, a la duda permanente e incluso a la envidia. Todo eso crece de forma exponencial cuando se trata de una mujer en un mundo de hombres, sobre todo en estos tiempos en los que muchos declaran impunemente que las mujeres ya no tienen más nada que pelear porque todo lo han conseguido. 

Deyna Castellanos, la más conocida exponente del fútbol femenino en Venezuela, debutó hace dos semanas en su primer equipo profesional, el Atlético de Madrid, actual campeón de la Primera División Femenina de España, conocida como Liga Iberdrola. 

Deyna, Deyna, Deyna, se oyó gritar en Centro Deportivo Wanda Alcalá de Henares, recinto que recibió el bautizo de la maracayera en el fútbol profesional el 11 de enero. La joven quien juega en la posición delantera, entró al minuto 64 — de nuevo ¡¡¡Deyna, Deyna, Deyna!!!—, y si bien no marcó goles, tuvo ocasiones de disparos y contribuyó a mantener el resultado 1-0 a favor de su equipo ante Sporting de Huelva. En la cancha mostró su juego y se hizo respetar.

Fugitiva y rigurosa. Celebridad deportiva desde la adolescencia, hoy con apenas 20 años, Deyna se ha erigido como una de las heroínas del deporte femenino en Venezuela, especialmente por dominar, incluso con pie (y patadas) más firmes que sus colegas varones, un deporte que en Venezuela no solía asociarse con la “fragilidad” de las mujeres. 

No es la primera ni la única. En el país ibérico, por ejemplo, varias compatriotas la acompañan como jugamujeres una venezolana en el templo del fútbol doras de la liga. Oriana Altuve (Rayo Vallecano); Maikerlin Astudillo (Real Betis); Nayluisa Cáceres (UDG Tenerife); Michelle Romero, Gabriela García y Lourdes Moreno (Deportivo La Coruña) se lucen en la Iberdrola. También hay venezolanas en las ligas francesa, italiana, en equipos de América Latina y en Estados Unidos, pero sin duda en Venezuela Deyna es la reina de corazones del fútbol jugado por mujeres y sus méritos lo justifican. 

El éxito de Deyna no fue una circunstancia fortuita ni producto del azar. Desde muy chiquitica, y gracias a ciertas complicidades pero sobre todo a su obstinada determinación y a un talento descollante, fue labrando el camino para ser la precoz estrella en la que se convirtió siendo apenas una adolescente. 

Nació en 1999, en un hogar donde ya la esperaba un hermano tres años mayor. Álvaro —así se llama— practicaba desde chiquito el futbol, deporte del cual era -y obviamente sigue siendo- fanático. La tarea de llevarlo a entrenar la tenía Yrene, su madre, quien se llevaba de acompañante a Deyna. 

Para mitigar el aburrimiento mientras esperaban al entonces joven prospecto, Deyna comenzó a patear los balones que quedaban rezagados en las periferias de la cancha, y al poco tiempo, de tanto ver y escuchar los entrenamientos desde la barrera, ya jugaba mejor que los alumnos formales. Los profesores se dieron cuenta, la probaron, vieron que tenía con qué, y sin darle mayor importancia al hecho de que era niña, la invitaron a formar parte del equipo. Solo tenía cinco años de edad. 

Este primer capítulo de su carrera que hoy podría leerse como providencial le trajo su primer obstáculo en la cancha: su padre, un expelotero fanático de los deportes en general, como si se tratara de tiempos medievales, desaprobó el ingreso de Deyna al equipo. Para él, el fútbol no era un juego de niñas. 

Afortunadamente no hizo falta el aval paterno. Su madre burló la prohibición, y apelando al mismo modus operandi que las mujeres han usado para conspirar a lo largo de la historia, comenzó llevar a su muchacha a escondidas. 

“Mi mamá tampoco jugó con muñecas, así que creo que lo llevo en los genes”, contó Deyna el año pasado en el podcast mayamero En Defensa Propia. Superada la prerrogativa absurda de su padre, Deyna se siguió enfrentando a circunstancias de diversas índoles por el hecho de ser mujer. 

Entrenaba en la escuela de fútbol de Juan Arango. Allí, para el momento, no había equipo femenino, pero contentos o no, sus entrenadores la recibieron con los brazos abiertos. Era de lejos la mejor jugadora y la máxima goleadora, tanto así que llegó a ser la capitana del equipo. 

No fue hasta que llegó a la Vinotinto, a los 12 años de edad, que formó parte de un equipo de chicas. Y no era la única. La mayoría de sus compañeras de oncena, y en general todas las futbolistas venezolanas de su generación, anteriores y unas cuantas posteriores, venían de esa misma experiencia: ser las primeras y las únicas.

 La Federación Venezolana de Fútbol (FVF), fundada en 1925, oficializó su selección femenina apenas en 1991, mismo año en la FIFA organizó el primer mundial de balompié jugado por mujeres, en China y con 12 selecciones participantes. La máxima instancia del fútbol a nivel mundial apenas había “reconocido” oficialmente al fútbol femenino en 1980,pero las jugadoras no necesitaban ese aval. Apelando a formas organizativas no institucionales (de nuevo mujeres conspirando), féminas futbolistas de todo el mundo ya organizaban torneos internacionales al margen de la federación desde los años 70. Hoy, la paridad de género en lo que respecta a las autoridades y la promoción está muy lejos de alcanzarse, pero también son muchos los prejuicios que se han derribado. 

En el caso de Deyna, a pesar del evidente vacío en la promoción y en las políticas de la práctica que le apasionaba, ella vio claro allí radicaba su nicho y sin miramientos se entregó a ese destino. 

“Me perdí todos los 15 años de mis amigas porque al día siguiente tenía un partido. Yo amo tanto esto que no me importaba. Me molestaba cinco minutos, pero al rato ya estaba tranquilita. Luego les decía: ustedes estuvieron en la fiesta hasta las 5:00 de la mañana, pero yo hice cinco goles al día siguiente”. Así contó la deportista en la entrevista antes mencionada. 

Cuando comenzó a destacarse, de nuevo su mamá la puso en su sitio y se lo sirvió en dos platos: “si te pones seria, puedes tener futuro en esto”. Eso por los comentarios de los entrenadores y de todo aquel que la veía en acción. 

La sentencia definió su carácter y con eso en mente se trazó el objetivo de entrar a la Vinotinto y luego de conseguir una beca en el norte. Y así, tal cual, fue llegando. 

Con la escuadra nacional logró fama y gloria. Es la goleadora histórica de la Copa Mundial Femenina de Fútbol Sub-17 con 11 dianas y del Campeonato Sudamericano Femenino de Fútbol de la misma categoría, con 14. De este último torneo alcanzó junto a la selección nacional el primer lugar dos veces: en 2013 y 2016. 

Por sus actuaciones con la Vinotinto fue nominada al premio Puskas por el mejor gol del año en 2017 -gracias a un espectacular remate de media cancha- y al premio The Best que otorga la FIFA a las mejores actuaciones de esa misma temporada. 

“Supe que era famosa cuando en un solo día de tener mil seguidores en Twitter pasé a tener 20 mil”, reveló. Recibió ofertas de equipos profesionales en América Latina, pero se abstuvo. Su meta era llegar a las ligas mayores en los brazos de un equipo europeo, y así también pasó. 

Y no iba a ser tan difícil que seleccionadores de altura la tuvieran en el radar con un prontuario como el que se gastaba. De entre varias ofertas, ella se decantó por la beca que le ofreció la Universidad Estatal de Florida, en EEUU. Allí estudió su carrera universitaria al mismo tiempo que deslumbró para su equipo de fútbol femenil. Logró el campeonato universitario en 2018 y en 2017 había sido elegida jugadora del año de toda la liga. De allí salió egresada el pasado mes de diciembre y en enero le esperaba el uniforme del Atlético de Madrid. 

No obstante, al tanto de lo efímera que puede ser una carrera deportiva de alto nivel, Deyna ya planificó más allá. Estudió Comunicación Social porque estratégicamente lo que aspira después de las canchas es dedicarse al periodismo deportivo, y ya está trabajando en eso. Con éxito, fue comentarista del pasado Mundial de Fútbol Femenino para Telemundo. 

No se declara abiertamente como feminista pero en su cuenta de Instagram se identifica como “Gender equality believer” (Creyente en la igual de género). En esa red social confiesa que no le gusta el chocolate y que tiene once tatuajes. Obviamente no es de las venezolanas a las que les atrae el prototipo de la Miss Venezuela, empero, no deja de ser coqueta, y a juzgar por sus fotos en Instragram disfruta de mostrarse sexy.

Para muestra, las pintas que ha lucido en las galas de la FIFA donde no escatima en selfies con las estrellas consagradas del fútbol, o sus poses en bikini en playas venezolanas como Tucacas o Los Roques. Habla sin pena sobre los novios que ha tenido, sin embargo, deja clarito que no se ha enamorado de nadie que le haga escogerlo por encima del balón. 

Monedita de oro. Tampoco es que la carrera de Deyna ha sido una cama de rosas. La fama y el triunfo tienen un precio amargo, y en el caso de la venezolana, incluso la han llevado a enemistarse con sus grandes ídolos. 

La primera vez que chocó con esa realidad fue cuando Megan Rapinoe, capitana de la selección nacional femenina de fútbol de EEUU y una de las deportistas mujeres más reconocidas del mundo, quiso ningunearla. A esta diosa de la cancha le disgustó que Deyna fuese nominada al premio The Best y lo hizo saber públicamente y sin eufemismos. 

Rapinoe, considerada una enfant terrible del fútbol y de la política, icono gay en su país, influencer en redes sociales, enemiga jurada de Donald Trump y dura crítica de la FIFA, declaró al enterarse de la nominación de Deyna: “El premio no tiene mucho peso con alguien en la lista de quien yo nunca he oído hablar. Esto nos dice (a las futbolistas) y le dice al resto del mundo que a la FIFA no le importa realmente”. 

La jugadora norteamericana se refería a que Deyna no jugaba en ningún equipo de alto calibre sino en una oncena universitaria. La venezolana le contesto que con esas palabras Rapinoe solo se contradice cuando al mismo tiempo asegura luchar por mayor notoriedad hacia el balompié femenino, lo consideró un tema de ego, y declaró que aunque la sigue admirando como jugadora, ya Rapinoe no es ídolo para ella. 

20 años no es nada. El próximo mes de abril Deyna apenas cumplirá 21 años. En solo dos décadas de vida tiene anécdotas, méritos y planes para contar como pocas personas con el doble o el triple de su edad. 

Ya libre de las prohibiciones de su padre, que ahora, desde luego, es su fanático, Deyna sigue siendo cómplice inseparable de su madre, quien le dice las más crudas verdades y con quien realmente habla de fútbol y de su desempeño detrás del balón. 

Aún no ha tenido chance de lucirse debidamente con el uniforme del Atlético de Madrid. Está apenas estirando las piernas en su nueva grama, dónde no cumple todavía un mes, pero en Venezuela sabemos que es cuestión de tiempo para que en el viejo continente prueben el sabor de sus goles imparables de media cancha, forjados en el calor de Maracay, con el sol de la 1:00 de la tarde, en un equipo de puros varones de la Escuela de Fútbol Juan Arango, fugitiva y con una meta. 

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