Mi amigo Eleazar

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Mi amigo Eleazar se ha ido. Qué días aquellos de tener y haber vivido el privilegio de su conversación, de la buena amistad y del fervor de un ser humano por la humanidad. Su vida siempre encontró su marco de frescura en la palabra, la misma que fue dejando en el tiempo la huella de páginas abiertas de buen periodismo y de su ética, de luchador incansable por la libertad de información y de insistente defensor del derecho a investigar las informaciones. Pero también buen amigo y padre excepcional. Eleazar fue de la clase de periodistas que armonizan con lo humanitario y que comprende las cosas de la forma como las percibe o de cómo se dicen para servirlas en cualquier género informativo o de opinión.

Hablar de Eleazar Díaz Rangel es contar la historia del periodismo venezolano de los últimos sesenta años. Lo conocí siendo él Presidente de la Asociación Venezolana de Periodistas, la célebre AVP, un gremio que le dejó al país un cúmulo de valores éticos y de buen periodismo. Por ello importa en estos tiempos tener en cuenta a los hombres y mujeres que forjaron esa gran familia de comunicadores, antes y después de la AVP, y luego el Colegio Nacional de Periodistas, porque Eleazar fue el propugnador de esos procesos que comenzaron, antes con la lucha por la colegiación y la previsión social de los periodistas, y siguió con la idea de incorporar el derecho de información a la Constitucional Nacional mediante una reforma. El Bloque de Prensa, enemigo perenne de la libertad de información, estranguló esa reforma, pero al llegar el comandante Chávez y llamar a una constituyente, Eleazar encabezó el movimiento “Periodistas por la Constituyente” y se logró la incorporación constitucional del Derecho de Información. Tuve la suerte de asesorar jurídicamente esos procesos y compartir bajo la dirección de Eleazar los proyectos de redacción de los artículos 57 y 58 de la Constitución que consagran ese derecho por el que tanto luchó, así como el de la objeción de conciencia.

Su muerte nos aguarda tristes porque uno siente que hace falta, en el saludo, en el abrazo, en la palabra esperada, en el “que estás haciendo”, o en los encuentros para compartir en la mesa la conversación que nos descubre los momentos políticos y las perplejidades de un país. Pero, ese profundo silencio ya no será mientras viva el buen periodismo de Eleazar Díaz Rangel. ¡Honor y gloria para un hombre bueno!
Abogado

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