Caer a 100 millas por hora: Felipe Vázquez

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Este no será un alegato a favor del acusado. A diferencia de lo que sucede con otros tópicos de género, el personaje sobre el que recae la culpa al principio será culpable también al final. No habrá resolución de último minuto, porque para Felipe Vázquez no hay redención posible. Si acaso, ofrecerá margen para las lamentaciones del caso, para el recuento de lo que pudo haber sido y no será, y para repartir culpas, que las hay también a su alrededor.

El camino de un grandeliga
Nativo de la ciudad de San Felipe, estado Yaracuy, Felipe Rivero (su apellido venezolano) fue firmado por las Rayas de Tampa Bay en julio de 2008, cuando contaba 18 años, privando por sobre las variables que influyeron en la contratación su impresionante físico de 1,88 m de estatura y 100 kg de peso. Inició entonces un periplo de seis años por las ligas menores hasta debutar en la Gran Carpa en 2015 con los Nacionales de Washington, para quienes actuó, sin demasiado brillo, durante ese año y la mitad del siguiente, cuando sería negociado a los Piratas de Pittsburgh. El cambio de aire pareció hacerle bien a partir de la temporada 2017, en la que operó una metamorfosis como la que ansían cientos de peloteros profesionales. Su actuación durante esa campaña lo convertiría en una auténtica estrella del relevo, dejando todo a punto para la firma de un supercontrato a comienzos de 2018, por cuatro temporadas y 22 millones de dólares.

Una década entera había transcurrido desde su firma, una década de avances lentos, de mudanzas y cambios de equipo, de sacrificios, de expectativas inciertas y anhelos postergados. El efecto que tal nivel de ansiedad genera en la mente de un jugador podría explicar el desenfreno con el que muchos de ellos, una vez alcanzado el éxito, acometen el estrellato y todo lo que este trae aparejado.

Dios del rayo
Parte del secreto del brillo de Vázquez se basó en el aumento de su agresividad sobre la lomita, rasgo que en un pitcher cerrador supone hoy en día una declaración de principios. El desarrollo de una recta que alcanzaba las 100 millas por hora junto al control milimétrico de la zona de strike, le permitieron incrementar su cifra de ponches y juegos salvados. La fanaticada de Pittsburg se desbordó de admiración por él.

Para entender la burbuja donde de pronto comenzó a conducirse el lanzador –y comprender la dimensión del drama que estaba por suceder–, te pongo, lector, en el lugar de una flamante estrella del deporte organizado norteamericano: al lograr un nuevo estatus económico alcanzas también un nuevo estatus personal, lo que te convierte en una celebridad al tope de la pirámide social.

Todos te quieren ahora (aunque no hayas hecho mérito para ello); se expanden tus posibilidades de ganar dinero a través de la publicidad, los patrocinios y los intercambios comerciales; te llueven opciones y propuestas financieras favorables; se te franquea el acceso a los bienes de consumo suntuario: vehículos, joyas, ropa de marca (ropa con TÚ marca), viajes, inmuebles y mobiliario de lujo, perfumes, etc.; y, finalmente, se multiplica el atractivo que tu éxito y tu persona producen entre admiradores del sexo contrario. Mírate en ese espejo, lector; nada se te resiste, el cielo es tu límite.

Ese era el lugar de Felipe Vázquez
En la flor de la edad, había pasado de ser un incesante perseguidor de oportunidades a ostentar un modo de vida con licencia para desbocarse. Fama y fortuna le sonreían, el predicamento principal de las sociedades capitalistas, que no ven pecado en el exceso. Para la contradictoria sociedad estadounidense el éxito es el ámbito donde mejor aplica el libre albedrío, aunque aguas abajo deba lidiar con ciertos efectos colaterales.

Dos mujeres, un destino
Por esta época, en el comienzo de la curva que estaba por afectar la vida del jugador, aparecerán dos mujeres de roles antagónicos, el destino todavía abierto, bifurcándole el camino al joven lanzador. De la primera no sabremos, quizá, nada más. Se trata de la menor víctima del delito sexual por el que se le acusa (sus primeros encuentros datan del año 2017). La otra, Prescilla Vázquez, se dio a conocer como la hermana desconocida de Felipe, una vez que este formalizara su cambio de apellido, trocando el “Rivero” natal por el que le endosaba la atractiva mujer, que a partir de entonces fungiría como una especie de hada protectora del pelotero.

Un hada fallida
Prescilla Vázquez, una agente inmobiliaria nacida en Venezuela pero radicada en Orlando, Florida, se había convertido en la agente de Felipe a efectos de su carrera profesional, trabajando como representante asociada de Magnus Media, empresa de entretenimiento del área de Miami. Esta compañía, fundada por el cantante Marc Anthony, maneja una constelación de artistas y atletas, entre los que se puede mencionar al propio Anthony, su exesposa Jennifer López, el grupo de salsa Gente de Zona y los beisbolistas Wladimir Guerrero Jr., Yordan Álvarez y el as del relevo de los Yanquis Aroldis Chapman.

La faceta de esta dama como asesora de imagen de Felipe Vázquez no se limitó a cederle su apellido, inusual trámite legal que a la fecha no encuentra otra justificación que la de permitirles aparecer juntos sin levantar suspicacias (“la gente no entendía cómo es que somos hermanos si no tenemos el mismo apellido”, forzó una explicación el jugador, en un país donde las mujeres pierden su apellido al casarse), además se encargaría de las negociaciones para el contrato millonario con el equipo de Pittsburgh y desde entonces su vida pública estuvo ligada a la del jugador. De modo persistente ambos se abocaron a la tarea de refrendar el súbito parentesco que los ligaba y que ha sido objetado por la propia madre del pelotero, cuya familia en Venezuela tiene seis años sin verlo.

Teniendo en sus manos el futuro de su hermano, Prescilla ejercía el papel de rigurosa tutora como lo reconoce el mismo Felipe en una de sus redes sociales: “Nunca pensé que llegaría tan lejos, mucho menos ser la persona que soy y tener la posición que tengo, pero nada de esto hubiese sido posible sin ti, Tita [Prescilla], soy quien soy hoy en día gracias a ti, gracias a tus consejos, esas cantaletas que me das día a día. Te doy gracias por todos esos consejos y discúlpame los dolores de cabeza que te doy”.

Esta relación simbiótica entre sí y con el emporio Magnus Media suponía compromisos millonarios cuya buena salud dependía de que el lanzador evitara mayores “dolores de cabeza” en su entorno. Tenían suficiente ya con la mala prensa que una denuncia por paternidad irresponsable y una riña con su compañero de equipo Kyle Crick habían generado. Desde el momento que trascendió la información sobre el arresto de Felipe Vázquez, el 17 de septiembre pasado, tanto Prescilla como Magnus Media optaron por guardar silencio .

Delito sin perdón
La relación de Felipe Vázquez con la menor de edad comenzó cuando ella tenía 13 años y vivía en el estado de Pensilvania, asiento de los Piratas de Pittsburgh. Se conocieron durante un juego en el PNC Park, ahondando la relación a través de mensajes de texto.

Aunque Vázquez erró al calcular los años de la chica, sabía que no alcanzaba la mayoría de edad y en caso de consumar una relación podría ser acusado de estupro, un delito grave de abuso infantil. Sin embargo, durante una jornada de descanso, el lanzador viajó hacia la población de Scottdale, donde vivía la joven, y sostuvieron relaciones sexuales en su automóvil.

La investigación se activó a causa de la denuncia de la madre de la víctima, quien este año tuvo acceso a material explícito encontrado en el celular de su hija. Parte de ese material audiovisual muestra a Vázquez teniendo sexo con otras mujeres. Si bien el pelotero admitió su relación con la púber, ha declarado que nunca hubo consumación del acto, al menos de forma plena. Según ha adelantado la investigación, el indiciado pudo ser identificado en el material audiovisual merced a sus inconfundibles tatuajes. Los cargos a los que se enfrenta en dos estados (la joven ahora reside en Florida) son agresión sexual, contacto ilegal con una menor, corrupción de menores y conducta indecente. En la primera audiencia el juez negó la solicitud de fianza, lo que fue prestamente aceptado por la defensa. Felipe se mantendrá detenido en la prisión del condado de Westmoreland mientras dure el juicio o sea extraditado a Florida para instruir uno nuevo allá.

El hecho, público y notorio, de que Vázquez hubiera acudido al tribunal atado de pies y manos ofrece ya una pista acerca de la forma en que la justicia norteamericana adelanta su posición al respecto. El gobierno suele ser implacable con este tipo de hechos, considerados de gravedad, al menos en la esfera legal. Ni siquiera la posibilidad de un acuerdo extrajudicial –ese comodín reservado a los poderosos que evidencia la flexible moral del sistema–, libraría a Vázquez de un futuro sombrío, dado el acendrado puritanismo que impera en el ámbito deportivo norteamericano, del que personalidades con mayor prestigio que el de Vázquez (como Pete Rose) han sido proscritas por faltas mucho menos graves.

Felipe Vázquez tendrá suerte si su sentencia le permite volver a respirar el aire puro de Pensilvania antes que el mundo se olvide de él.

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