Trino Mora sin permiso para envejecer

Entregado a su público en todas sus presentaciones
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Hace unos meses la figura de Trino Mora saltó a las plataformas mediáticas con un estruendo que no se veía desde su participación en las “experiencias psicotomiméticas” que el ocurrente Cappy Donzella, disc jockey de la movida caraqueña, pusiera de moda a finales de los años 60.

Siempre polémico, pero, sobre todo, “miembro de número” en el salón de la fama nacional, muchos volvieron la mirada sobre la preocupante situación de Trino.

Algo extrañísimo había sucedido con él y no daban crédito a los hechos. La razón, con las particularidades del caso, tenía relación con algo para lo que los ídolos generacionales nunca han tenido permiso: para envejecer.

La primera vez que este redactor escuchó el nombre de Trino Mora lo más parecido a un ídolo musical que conocía era una marioneta de fieltro a la que mentaban “Topo Gigio”.

Era el año 1975 y durante un acto protocolar realizado en el colegio el profesor de música mencionó al cantante como una de las influencias más negativas del panorama artístico venezolano, empleando para ello tono de horrorizado profeta.

Produjo muchos de sus discos.

¿Qué clase de terribles melodías debía estar produciendo aquel músico para que un circunspecto educador le demonizara de esa manera?

Ya entonces el estilo de Mora, influenciado por íconos de la cultura anglosajona como Elvis Presley y James Dean, se había arraigado entre un sector del público más joven, lo que a su vez llamaba la atención de sus mayores, alarmados por aquellos contagiosos brotes de rebeldía sin causa.

Coincidiría el año 75 con el lanzamiento del disco El rebelde, en el que el intérprete, además de verter al español éxitos foráneos, se arriesgaba con una versión del tema “El carite”, pieza de la tradición más vernácula ahora irreverentemente convertida en descarga psicodélica.

Explotando el porte de “niño malo”.

Aquello caería como una bomba dentro del ámbito académico y sería causa de arrebatos como los del mencionado mentor. La amenaza que vislumbraban en él, sin embargo, tenía que ver poco con lo musical.

Un “niño malo”

Moldeado ya por su porte de galán —que no cambiará en lo sustantivo por el resto de su vida—, Mora contribuyó a dar cuerpo a la figura del “pavo”, término que se popularizó para denominar a los veinteañeros venezolanos y, más propiamente, a aquellos que reivindicaban su espíritu libertino, conforme lo imponían las pautas de la cultura pop, tocada durante esos años de cierta intencionalidad pendenciera.

Sus éxitos incluyen también boleros.

Tal vez por esto último nunca supuso para su legión de fans una desventaja –sino más bien lo contrario– su pasado como pandillero o “patotero” de conocida actividad en la zona de El Paraíso en Caracas.

Como es tradición con ciertas figuras del mundo artístico, el talento también incluye lo atractivo del empaque.

Su carrera, meteórica en un principio, se fue aquilatando con el tiempo, y su imagen, de joven eterno, se fue agregando al tupido paisaje de la farándula venezolana hasta llegar a ser parte indisoluble de él.

Tres éxitos incombustibles (“Libera tu mente”, “Sé tú mismo” y “De la boca para afuera”) ayudarían a mantenerlo vigente por muchos años pese a la merma gradual de su producción artística a partir de la década de los 80.

Ser Trino mismo

Aunque a Mora le hubiera bastado con lo hecho en sus años mozos para garantizarse un prestigio indeleble, nunca dejó de trabajar para justificar su fama.

Desazones hubo muchas, dado que el universo musical evolucionaba deprisa, y lo que quedaba rezagado iba al contenedor de la cultura “retro”, que terminarían ocupando antiguos camaradas como Henry Stephen, Rudy Márquez o Ivo.

Más díscolo y orgulloso, Trino Mora insistía en mostrarse aún entero, presentándose en espectáculos ocasionales, de un circuito espectral e indigno de su trayectoria, donde un público áspero lo premiaba con frialdad.

Junto a Paul Gillman, durante el tributo a Elvis Presley en “Kultura Rock”

Hasta aquí la historia de Trino Mora es similar a la de otros muchos artistas venezolanos a los que la celebridad les garantizará tan solo la sonoridad de su nombre en el ámbito doméstico.

En el camino muchas figuras se bajarán –algunas a regañadientes– de esa realidad condicionada por luces y micrófonos para volver sobre su esencia humana, apeándose de lo alto para andar de nuevo junto a la muchedumbre.

Flanqueado por Rudy Márquez y Pecos Kanvas.

Primera caída

Entonces, Trino Mora comenzó una larga serie de padecimientos, tanto en lo físico como en lo espiritual, que fueron minándolo rápidamente, como si de golpe aquel potente ídolo hubiera perdido sus fuerzas.

Primero el cáncer y enseguida el desengaño sentimental, una cosa por la otra, probando que hasta el amor sabe ajustarse, insolente, a las circunstancias.

A la enfermedad la trató como correspondía y dio cuenta de ella. Pero el otro mal, este sí incurable, lo fue llevando a la depresión y esta al consumo de ansiolíticos.

Con los recursos económicos también mermados, Mora se vio viviendo en la calle, o se dejó ver mientras lo hacía, la señal más gráfica de cuán bajo se puede caer.

Sin hogar se exponía nuevamente en una vitrina. Rondaba ya los 70 años, edad más llevadera cuando se comparte con el clan familiar. Pero Trino había hecho un pacto honrado con la soledad, que, según García Márquez, es el secreto para saber envejecer.

Gracias a la intervención de amigos cercanos y personeros del gobierno le fue agenciada una nueva residencia a través de la Misión Vivienda, además de cuidado y tratamiento médico para sus dolencias.

Entonces sí, su nombre volvió a estar en boca de la gente. Pero no fue aquel vía crucis previo el que llamara la atención de ciertos medios y sus comparsas, ni supuso iniciativa alguna para mitigarlo, sino el hecho de que Trino Mora hubiera consentido la ayuda gubernamental.

Desde su visión despiadada, estos inquisidores mediáticos daban por hecho que ningún infortunio justifica atender la deferencia de un adversario.

El cantante, que siempre evitó filiaciones políticas, debió lidiar también con la intolerancia de muchos de sus antiguos admiradores.

En una foto reciente, en compañía de la Rolling Band.

Tocando fondo

Llevaba Trino plomo en el ala y, quizá, demasiados años en el alma, por lo que su incapacidad de sanar el espíritu le perjudicó donde menos lo esperaba, neutralizando el esfuerzo de quienes le tendían la mano.

Por primera vez se habló del uso de drogas, además de alcohol, lo que condicionó su estadía en la vivienda obtenida.

Se le ofreció, de nuevo por concurso del gobierno, la opción de una rehabilitación, pero esa decisión requería de garantías y la soledad de Mora no ofrecía ninguna.

Su cuadro clínico hacía sospechar también en los efectos de un ictus, enfermedad manifestada silenciosamente durante esta etapa.

Según pudo diagnosticarse, el artista había sufrido una serie de microinfartos cerebrales (ACV), que mermaron su capacidad cognitiva y la posibilidad de valerse por sí mismo.

Una cosa cabía hacer, la más natural del mundo cuando se cuenta con apoyo familiar: atención profesional supervisada.

Según Marlon Brando (otra referencia vital del cantante), “lo último que siempre queda es la familia”, dicho, en su caso quizá, con cierto tono de fastidio.

No sabemos las condiciones en las que los familiares de Trino finalmente optaron por asistirlo, pero ya mencionamos lo de su impronta vital y plante autosuficiente, rasgos que debieron distraer los que en los últimos años fueron, sin duda, mensajes cifrados de auxilio.

Así Arturo, uno de sus hermanos, se arrogó la labor que en circunstancias similares habría asumido cualquier hijo de vecino. Alejarlo de los focos –que le encandilaban sin reparo– para someterlo a tratamiento médico.

Esa determinación de guardarlo en su mala hora, hurtándoselo a la fama para salvarlo de sí mismo, generó el segundo gran escándalo mediático, que no pocos malintencionados explotaron con saña.

En las redes sociales, las voces de la multitud clamaron la presencia de Mora, denunciaron el ¡secuestro! de su antiguo favorito, maldijeron a sus supuestos curadores…

Aun cuando en los últimos meses trascendió información acerca de su mejorado estado de salud, queda en el aire el reclamo furibundo de amigos y seguidores que han llegado incluso a solicitar discos y conciertos como una suerte de fe de vida, ¡a sus 76 años! Nada quieren saber de la posibilidad de que Trino Mora, comprensiblemente, pudiera no estar en capacidad de realizarlos.

Para los fans sus ídolos no se jubilan, aunque Cronos, el padre tiempo, reine en la casa de los dioses.

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