Referencias | Contra las sombras

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Difíciles fueron las decisiones que tuvo que tomar Simón Bolívar en su última estadía en Caracas. En su ciudad natal, de todos los asuntos urgentes, la educación estuvo entre sus prioridades. A examinar los Estatutos de la Universidad de Caracas prontamente se percató el Libertador de su carácter monárquico y teologal. Por decreto suspendió la prohibición de elegir para el Rectorado de la Universidad a los Doctores en Medicina y la obligación de que se alternen, uno secular y otro eclesiástico. La promulgación de los primeros Estatutos Universitarios fue sancionada por el Libertador el 24 de junio de 1827. Así aplicó Simón Bolívar un reglamento de 289 artículos en la que destacó la formación científica de los catedráticos universitarios, impuso el sistema de jubilaciones “con renta entera” a los veinte años de servicio, ordenó reconocer los méritos a los docentes para una jubilación anticipada, exoneró a los estudiantes del servicio militar, y consideró indispensable la enseñanza de las matemáticas y los idiomas modernos.

Ildefonso Leal en su libro Los estatutos republicanos de la UCV afirma: “Uno de los aspectos más importantes de los Estatutos Republicanos de 1827 fue la eliminación de la ‘limpieza de sangre’ como requisito indispensable para matricularse en los cursos universitarios y obtener los grados académicos. La Universidad admitía en su seno a todo estudiante, sin tomar en cuenta el color de la piel. No existían limitaciones de edad, ni traba económica alguna. Bastaba saber ‘leer y escribir correctamente los principios elementales de gramática castellana y aritmética’ para inscribirse como universitario. Cuatro reales cobraba la Universidad por derecho de matrícula, y el futuro cursante consignaba en la Secretaría datos sobre su edad, patria, padres, tutores o personas a quien estuviera inmediatamente encomendado ‘en esta ciudad de Caracas’”.

Con la reforma adelantada por el Hombre de las dificultades se echaron partes de las bases de la universidad moderna. La derogación de vetustas prácticas dentro del claustro académico sembró el principio de la autonomía universitaria, derecho muy caro actualmente. Abrir las cátedras, aupar la evaluación del docente por los mismos estudiantes, establecer concursos de oposición para los profesores, realizar equivalencias de títulos, fueron algunas de sus medidas más apreciadas. Una clave que nos brinda hoy el caraqueño inmortal sobre el alma mater: nuestros campus deben de estar al servicio de la nación. Una universidad pública, gratuita, de calidad, nunca ajena a las profundas demandas sociales del país, tanto en el área tecno-científica como en la humanística, es imperativo. Universidad para el pueblo nos exige Bolívar desde ayer.

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