Fotografía de una indígena no tan anónima

Foto: David Díaz Arcos
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“¿Dónde estás?, ¿dónde estás”, se preguntaba ansioso David Díaz Arcos una vez se despejó la densa nube de humo. Suponía que la mujer debía estar con el grupo que había corrido calle arriba, huyéndole a la última arremetida de la policía. No dejaba de pensar, en un ejercicio de abstracción inusitado dadas las circunstancias, en lo trabajoso que le debía resultar a su imprevista modelo correr con aquellos zapatos, lo que también le hizo suponer que no se encontraría muy lejos.

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La combinación de vestimenta originaria con mascarilla quirúrgica, sumada a su actitud impávida, otorgaban a aquella mujer una presencia soberbia, que Díaz Arcos había conseguido registrar en medio del caos. Pero no se fiaba del visor de su cámara; quería hablar con ella para pedirle otra foto.

Entonces, una nueva oleada de bombas lacrimógenas cayó en las inmediaciones, haciendo que el resto del corro terminara de desbandarse.

Minutos después, mientras bajaba por la calle Manabí de nuevo hacia el candelero de la Plaza del Teatro, tuvo una visión. Había visto antes a esa mujer. Aficionado a la imagen, Díaz Arcos trabaja, desde hace casi una década, en una pesquisa sobre la historia de su país, como fotógrafo, como realizador audiovisual y como investigador digital.

En su vasto archivo mental el rostro de la mujer se fundió con el de aquella otra joven, fotografiada en pleno levantamiento contra el gobierno de Jamil Mahuad, en enero de 2000.

La histórica instantánea no la había tomado él, que aún era un adolescente, pero la elegiría como motivo de inspiración y pesaría luego en su inclinación profesional por la fotografía documental. Entonces, al igual que ahora, una serie de drásticas medidas económicas impuestas por el primer mandatario afectaban al pueblo y aquella foto había registrado, en pleno pandemóniun, a una joven indígena que se obstinaba en enarbolar una bandera ecuatoriana.

Superpuestas en la mente del fotógrafo, ambas mujeres visten sombrero de toquilla, blusa bordada, chal y anaco (falda), lo que en el contexto supone un gesto de reafirmación identitaria. Durante la colonia, los españoles vistieron a los indígenas de diferentes colores para diferenciarlos por su lugar de origen; hoy el atuendo femenino es símbolo de orgullo por el terruño.

No es, pues, ese rasgo particular el que induce a Díaz Arcos a asociar una con la otra. Tampoco su común apostura, que ya constituye un atributo masivo en las movilizaciones indígenas emprendidas con disciplina ritual desde todos los confines del país.

Marcha o muere

«¿Dónde estás?”, insiste en preguntarse el fotógrafo, aún con la esperanza de hallarla entre el grupo que ahora vuelve a plantar cara a las fuerzas del orden. “Plantar cara” tiene, en este caso, sentido literal: durante los tiempos yermos de la protesta, las mujeres se colocan en primera línea con la intención de reiterar el carácter pacífico de su presencia, además de asistir en labores de logística, alimentación y primeros auxilios.

Un compañero de David le ofrece un dato: la dama objeto de su búsqueda proviene de Cotopaxi, provincia al sur de Quito, y ha marchado desde allá acompañada del clan familiar, incluidos niños y ancianos. Para las madres indígenas del Ecuador, un país de marcada tradición patriarcal, sus causas son las causas de su familia, por lo que tiene sentido que todos participen en el acto de resistencia. Sus luchas, llevadas a cabo por un creciente activismo de tinte feminista, son en contra de la violencia de género y a favor del rescate de la identidad cultural, la lengua y las tradiciones ancestrales.

La pierna de Díaz Arcos comienza a entumecerse. Más temprano había recibido un perdigonazo que le fastidió, menos que por el dolor, por creer que le impediría mantenerse en la calle cubriendo las manifestaciones más intensas en las que ha tomado parte, consciente de que las anteriores, lideradas siempre por factores indígenas, habían llevado al derrocamiento de tres presidentes.

A medida que las protestas se acercan al Palacio de Carondelet, sede del poder ejecutivo, la represión se hace más cruenta. David, sin embargo, persiste en su cobertura, indignado porque los medios dominantes dan la espalda a la realidad.

“Amar lo que se tiene de indio”. A esta hora de la tarde, las cargas policiales se producen ya de manera infundada, sin que opere agitación por parte de los manifestantes. En la mente de Díaz Arcos se va diluyendo el rostro de la mujer, y en cambio comienzan a desfilar el de activistas indígenas que, como Dolores Caguango Tránsito Amaguaña, Blanca Chancoso o Nina Pacari, lucharon y siguen luchando contra la invisibilización de sus reivindicaciones.

Al filo de la medianoche y de regreso a casa, David vuelve a pensar en la mujer. Deduce que esta vez, si la fotografía es lo medianamente buena que sospecha, su identidad y su lucha serán un poco menos anónimas.

Tres días después de la publicación del documento fotográfico de Díaz Arcos en diferentes medios informativos del mundo, el presidente Lenin Moreno, tras una histórica reunión con delegados indígenas, deroga el decreto contra el subsidio al combustible y se pone fin a las protestas.

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