ELMAGODEOS| Rota la placidez

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Las pinzas son el primer instrumento que se debe utilizar cuando aparece una denuncia como la que esta semana ha involucrado al cantante español Plácido Domingo (78), por supuestos abusos sexuales ocurridos hace más de 30 años. Luce lógico que, a priori, ante el impacto mundial que ha generado el movimiento MeToo, la opinión pública se incline a favor de las presuntas víctimas. Sin embargo, la hipersensibilización que hay en relación con el tema no debería secuestrar la cautela.

Y, ojo, no se trata de justificar a quien posiblemente es el tenor vivo más importante. Tampoco de la caducidad de comportamientos inadecuados. Al principio y al final, se trata de un ser humano con las miserias que cada quien carga encima, pero hay que valorar el hecho de que la denuncia consiste en una investigación periodística realizada por la agencia Associated Press (hecho que no la desestima en absoluto, faltaría más), aunque su escenario natural debió haber sido y debería ser los tribunales.

En el trabajo destaca el nombre de la mezzosoprano Patricia Wulf (61) como afectada, junto a ocho mujeres más que pidieron el resguardo de su identidad. Además, hay docenas de testimonios de profesionales -también anónimos relacionados con el mundo de la ópera que hablan de lo que parecía ser un secreto a voces.

El caso ha tenido repercusión en todo el planeta y consecuencias inmediatas: la cancelación de conciertos programados para septiembre y octubre, tanto en Filadelfia como en San Francisco. Mientras, los ejecutivos de Metropolitan Opera de Nueva York han asegurado que seguirán las investigaciones con especial interés antes de tomar una decisión sobre el futuro de su director general. Y los organizadores del Festival de Salzburgo han decidido mantenerlo en el cartel.

No obstante, la consecuencia más terrible tiene que ver con la mancha moral que acompañará al intérprete lírico por siempre. Ni Ariel concentrado será capaz de borrarla. Esto en caso de que más adelante se iniciara el proceso judicial correspondiente y una sentencia lo declarara inocente, como ocurrió el año pasado con el actor estadounidense Morgan Freeman, víctima de un montaje. He aquí la importancia de rescatar el artículo 11.1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos en cuanto a la presunción de inocencia.

Por el contrario, si hubiera una sentencia condenatoria, sería un broche de oropel para una rutilante carrera en el bel canto. Sea cual sea el desenlace, terminó la placidez del artista.

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