Fuerza y maña

Me dicen que más vale maña que fuerza. Quizás exageran, pero parece que no.

Cuando los Estados Unidos eran un imperio serio, y no este mamarracho, no sólo empleaban la fuerza sino también la maña. Edison era un marrullero, pero también inventaba cosas que todavía son útiles.

Igual el fascista Henry Ford. Igual el energúmeno Steve Jobs. Este popularizó la computadora personal, con la interfaz gráfica facilitó el desarrollo de internet, creó la autoedición, cambió las maneras que tenemos de hacer y oír música, el modo de hablar por teléfono y de hacer mil cosas con él, y hasta el modo de ver la hora. Fue así como hizo de Apple una potencia tecnológica. Hasta que se acabó.

Hoy en día ya los equipos no son confiables, el software es una calamidad que crea más problemas que los que resuelve, y está apunto de irse a pique por inepta. Aquella Apple genial que acompañamos en la travesía del desierto se acabó para convertirse en una multinacional más, codiciosa, bruta y brutal.

Huawei se le fue encima y ahora para frenarla tienen que imponerle dizque que sanciones. Conozco un corredor olímpico que siempre gana metiendo tiros a los pies de sus competidores. Así cualquiera. Haberlo sabido cuando intenté ser atleta en el Velódromo Teo Capriles. Hoy sería una leyenda del deporte.

El Imperio ya no descansa en la creatividad de su pueblo sino la bestialidad de sus militares y gobernantes. En patanes como Trump y Pompeo, que tú me dirás qué se puede obtener con ellos sin emplear la fuerza bruta. Brutísima.

Imponen las sanciones a Huawei con aquella arrogancia y al día siguiente tienen que declarar una moratoria porque alguien les advirtió que nada menos que el complejo industrial-militar depende de las tierras raras que le suministra la China y que Venezuela tiene a camionadas.

¿Aprenderá Trump a consultar antes de tirarse al estricote por la calle del medio? No. Solo harán porque así opera la decadencia y quien va a caer no ve el hoyo. Aquel atleta ganaba metiendo tiros a los demás, no metiéndose tiros en sus propios pies.


Roberto Hernández Montoya
Escritor
roberto.hernandez.montoya@gmail.com

Soberbia

Soy perfecto, pero lo reconozco. Mi perfección es solo comparable con mi humildad. Dicen las religiones que la soberbia es el peor pecado porque engendra los demás. Quien la padece se cree con derecho a atropellar a quien sea para obtener lo que sea. Richard Wagner decía que «el mundo me debe lo que necesito».
Dije padecer porque debe ser angustioso pensar que todo el mundo está por encima y te desprecia, por lo cual debes tomar medidas para mantenerte en lo más alto.

Siempre hubo personajes altivos, engreídos, hombres en su mayoría, pero también algunas mujeres, Cleopatra, la Reina Victoria, Leonor de Aquitania.

Pero por cada ricahembra hay mil machos, Alejandro, César, Napoleón, Mussolini, Hitler, Franco, Trump, empeñado en hacernos pensar que es el peor porque además es el más patán. Al parecer se despierta cada mañana preguntándose a quién va a buscar camorra, qué ley va a quebrantar, qué principio va a atropellar.

Sus sigüíes merecen más bien caridad porque se trata de gente tan servil que se arrastra ante Trump tal como él exige y mire que es exigente, como buen acomplejado. Si no te le arrastras como él espera ese día, pone todas las opciones sobre la mesa. ¿No ves cómo dice a cada rato “you’re fired!” ‘¡estás despedido!’? Como la Reina de Corazones grita «¡córtenle la cabeza!».

Oí una vez a una monja amiga explicar que no recomienda la autoflagelación porque se termina tratando a la gente con la misma rudeza y dureza. Porque la humildad extrema puede llevar a la soberbia, por aquello de la dialéctica. Lo vemos a diario.

Hay funciones sociales que conducen a la jefatura del Estado. Hay que llamarles excelencia, majestad y alteza real. Hay príncipes tan soberbios que se ponen azules. Es normal porque tienen sangre azul. La aristocracia no llevaba sol por lo que se ponía tan blanca que se le trasparentaban venas azuladas. Y esto explica aquello.

También en las revoluciones hay soberbia, como quienes aplican un revolucionómetro para ver quién está más alto en el escalafón del radicalismo, pues el Che decía que la revolución es el grado más elevado de la escala humana.
La soberbia suele conducir a la guerra y cuando un imperio está en decadencia no solo es peligroso sino patético.
Escritor.


@rhm1947

La renovación en Letras

Cumple 50 años en estos días. Parece que nadie quiere recordarla. Es una lástima porque fue un hecho filosófico, ético, literario, académico y político de una magnitud innumerable y por tanto de difícil evaluación, incluso para sus participantes. El peor error es la mediocridad y aquel acontecimiento fue estrictamente lo contrario de la medianía porque hubo riesgo, hubo audacia, hubo lucidez, hubo belleza, hubo hedonismo, hubo valentía, hubo poesía, hubo música, hubo danza, hubo erotismo, hubo drama. El Manifiesto del 12 de mayo de 1969 dirigido al profesorado terminaba con estas palabras: «Pero nos hemos escapado. Ustedes no comprenden nada». Hubo quienes sí lo comprendieron, pero pocos y han muerto. El allanamiento de la Universidad Central de Venezuela por su profesor Rafael Caldera —entonces presidente de Venezuela— marcó el principio de la involución y el inicio de sabores literarios bastante más rutinarios.

¿Cómo se pasa de aquella bella lucidez a la insipidez y a la acritud, también llamada fatiga del metal, ese ‘estado en que se encuentra un cuerpo metálico que ha perdido su ductilidad y maleabilidad’ (DRAE)? ¿Qué recuerdan de aquella claridad, cómo la recuerdan, la recuerdan? Me sobran razones para pensar que no. En todo caso ¿para qué la recuerdan si no hacen nada con esa memoria? Y en todo caso no he visto que nadie la mencione en este 50º aniversario. Es más, a estas alturas del artículo comienzo a dudar de que nada de eso haya sucedido. A lo mejor fue que me volví loco. Lo primero que pasa a quien pierde la razón es que no sabe que la perdió. Es más, creo que me volví loco desde aquella época y no me he curado. Afortunadamente.

Noam Chomsky dice que se puede contar con los estudiantes, pero por un tiempito.

En la película “Nos habíamos amado tanto” (C’eravamo tanto amati), de Ettore Scola, Vittorio Gassman hacer el papel del partisano más heroico del bello grupo de amigos, y fue el que se vendió después de terminada la guerra contra el fascismo. He visto hasta el hastío ese comportamiento. Y todavía no me explico cómo hay gente que tiene pulmones para naufragar tan hondo.

Me duele tener que recordar la deslumbrante Renovación de Letras con estas palabras tan terminales.

@rhm1947

Discutir con idiotas

Difícil. Tienes que bajar a su nivel y ahí te ganan por experiencia. No sé quién dijo esto, se lo atribuyen a un gentío. Puedes alegar ahora que me lo leíste a mí…

He hablado de la idiotez aunque no soy especialista en el tormentoso arte de ser memo. Porque no se trata de una propiedad intrínseca sino de un proceso ambiental, es decir, aunque seas persona de talento puedes terminar en la bolsería, basta seguir el método. Cumplo con advertírtelo, después no digas que tampoco . Los medios internacionales que se la pasan hablando pestes de Venezuela se asombraron ante la torpeza de la Escaramuza del Distribuidor Altamira. Es que la imbecilidad da vértigo. A mí al menos. Porque al principio no se entiende, pero mira a Macri, a Bolsonaro, a Abascal, a Duque, a Trump, de cuya imbecilidad no tengo que disertar porque es demasiado obvia. Ah, Capriles, Rosales, Fox, Bush… Y hay más porque la ultraderecha tiene una cantera inagotable. Y porque, además, la imbecilidad no conoce límites.

No hay que descuidarse porque cualquiera puede llegar a imbécil. Basta empecinarse en algún disparate, como cuando alguien trata de justificar una infidelidad con excusas que van cayéndose como dominós y hay que inventar coartadas cada vez más disparatadas, es decir, imbéciles. No confundir con el término idiota, hoy reemplazado por «retardo intelectual profundo», que es condición provocada por diversas causas que estudia la medicina. No me refiero a eso, ni a las deficiencias intermedias de personas intelectualmente débiles.

Me refiero a un fenómeno más recóndito que podríamos llamar contexto, resonancia, entramado simbólico, no sé todavía qué nombre operativo ponerle, pero que trataré de explicar en las pocas frases que me quedan antes de terminar este artículo. Es esa armazón que explica, entre otras cosas, ese fenómeno prodigioso de ver a gente inteligente y con posgrados diciendo que Venezuela está invadida por Cuba y que los bombillos ahorradores sirven para que el G2 nos espíe. O para hacer la patética escaramuza que dieron el 30 de abril.

La compatriota mexicana Ana Ester Ceceña se asombraba de cómo puede el Imperio ser tan inepto como sus recaderos venezolanos. Bueno, estos son mis dos centavos de reflexión sobre tan distinguido tema.

¡Viva la bolsería!

EUA bloquea alimentos y medicinas, declara emergencia humanitaria y promete invasión para ponernos como Libia. ¿Así o más bolsa?

Se ha traducido (mal) como Elogio de la locura la obra maestra de Erasmo de Rotterdam, Μωρίας Εγκώμιον ο Stultitia laus. Μωρίας es ‘necedad’, igual que stultitia, que tiene su par español ‘estulticia’, palabra poco usada que designa algo tan común como la estupidez, la memez, la bolsería, pues, para decirlo en nuestro román paladino, o sea, en criollo. Podría traducirse como Jaladera a la pendejera, que rima. Es de los libros que me llevaré a la isla desierta. O cuando Guaidó me meta preso cuando cese la usurpación. Digo, si no me hace algo peor. Menos
mal que eso no va a pasar y puedo releer la obra en libertad. Ya va, la releo, recargo las pilas y regreso, espérame.

La necedad es disturbio viejo. Ambrose Bierce, otro genio, definió así al idiota en su Diccionario del Diablo:«Miembro de una tribu poderosa cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre dominante y controladora. La actividad del idiota no se limita a ningún campo especial del pensamiento o la acción, sino que «invade y regula el todo». Tiene la última palabra; sus decisiones son inapelables. Establece las modas y las opiniones en materia de gusto, dicta las limitaciones del habla y pone término a la conducta».

Guaidó (sí, el presidente (E), haz memoria) sostiene que la confiscación de bienes venezolanos en el extranjero es para «asegurarlos». ¿Tú le crees? Es más, ¿entiendes? Digo, para que me lo expliques. Con dibujitos. Se roban miles de millones, con Citgo dentro, con miles de estaciones de servicio en EUA, zuas, para «asegurarlos». Es más, hay que creerle a juro porque su palabra es ley, fíjate que se autojuramentó sin pararle a Constitución, elecciones y esas maricadas. Cualquiera entiende, hasta yo.

De la misma estirpe del concepto de «bombardeo humanitario» y «obligación de proteger», como protegen a Afganistán, Irak, Libia, Siria, Yemen… Creo en la benevolencia que hizo célebre a Trump, ¿tú no? Una vedette, cuyas virtudes son bien vistosas, declara que espera que los marines vengan a embarazar venezolanas para que tengamos gringuitos con sabor criollo. Más inteligentes y se mueren?

Los yanquis siempre pierden

“A los yanquis también les entran las balas”, dijo Fidel cuando la invasión imperial a República Dominicana en 1965. O sea, ¿cuántas guerras han ganado los Estados Unidos luego de su Independencia? Cuando no eran imperio aún, por cierto.

Es casi como Italia, que me aseguran que la última guerra que ganó fue la Guerra de las Galias. Panamá y Grenada no cuentan porque estoy hablando de guerras serias y no de paseos a la playa. No menosprecio a Panamá y a Grenada por su tamaño sino que trato de justipreciar el tamaño imperial como para sufrir tantas catástrofes militares, que ni Los Tres Chiflados. Sus espantás en todas partes son memorables, Corea, Saigón y ahora Siria y hasta Libia, corriendo de unas guarimbas, comandados por Trump, el megalómano de los megalómanos, que así es como hace a «América» grande de nuevo.

No cuento las gavillas como la guerra que le ganaron a Libia porque no se sabe quién triunfó, aunque sí quién perdió. Las de Afganistán, Irak y Siria no se han decidido y en Siria ya anunciaron la retirada —a ver si cumplen. Tampoco cuento la Segunda Guerra Mundial porque esa la ganó el pueblo soviético. Los demás se colearon en esa victoria. Les cae un palo de agua y pegan la carrera como perros de quinta. Guerras sucias sí ganan, golpes de Estado de la CIA con militares pícaros, operaciones de bandera falsa como el barco Maine o las Torres Gemelas, financiamiento de gamberros tipo ISIS, masacres estilo Elliott Abrams en El Mozote, asesinato de curas y monjas en El Salvador, negocios mugrientos con narcos colombianos, maniobras con políticos abyectos tipo Macri, Duque, Moreno, Piñera, Bolsonaro, Macron, Addo, Poroshenko, Pedro Sánchez.

Si no es con pueblos indecisos y con guarimberos no emprenden nada, canallas como los dictadores de derecha de Vietnam del Sur, Chapita, Somoza, Batista, Guaidó, baratos y chapuceros. Y clases medias amaestradas hasta la convulsión por el peor Hollywood y por centros comerciales mayameros. Sus ideólogos más descollantes son Trump y Nitu. Su cumbre doctrinaria, el neoliberalismo, da más risa que compasión.

Ya sé, los EEUU son formidables, con una creatividad asombrosa pero ojalá no la usaran para destruir.