Oposición de comiquita

Hay tantas diferencias en la forma como se realizaban las protestas estudiantiles, laborales o partidistas en el pasado, en comparación con las del presente, es decir, en tiempos de la “democracia representativa” versus la “dictadura chavista”, que el comportamiento de la oposición venezolana actual lo traslada a uno varias décadas atrás, cuando de niños leíamos tiras cómicas y a veces no tan cómicas como “El extraño mundo de Subuso”o “Aunque usted no lo crea”, de Ripley.

Antes, cuando marchábamos, primero como estudiantes y luego como profesores, generalmente por mayor presupuesto para las universidades, contra los allanamientos, protestando por invasiones gringas, exigiendo justicia por camaradas caídos ante la represión puntofijista, evitábamos aparecer en cualquier fotografía para no facilitarle el trabajo a la policía política, porque participar en cualquier protesta, aunque fuese pacífica, representaba un alto riesgo que asumíamos con conciencia y cautela.

Hoy, los manifestantes de la derecha desfilan por el este de Caracas, y posan solos o en grupos para hacerse “selfis”, ese “hedonismo tonto” como lo califica un reconocido fotógrafo español, porque se trata de mostrar en las redes sociales que luchan contra una dictadura tan virtual o tan blanda, que hasta permite que quemen vivas a personas sospechosas de apoyar al “régimen”.

Ahora resulta que los diputados de la Asamblea Nacional que protagonizaron junto a un pequeño grupo de militares el intento de golpe de Estado del pasado 30A, inteligentemente manejado por el gobierno, sin brindarles las imágenes represivas que le habrían dado la vuelta al mundo, pasaron de victimarios a víctimas, con el típico gesto del que tira la piedra y esconde la mano.

Quienes se regocijaban ante las cámaras en el distribuidor Altamira celebrando su osadía, demandan el apoyo de los “cincuenta países del mundo libre” que supuestamente reconocen a un sujeto que se autoproclamó presidente sin obtener ni un solo voto, porque para ellos la legitimidad no la confiere la votación popular sino el apoyo del gobierno norteamericano y sus satélites.

Por intentos similares en 1992, aunque más serios y menos mediáticos, civiles y militares pagaron varios años de prisión. Los golpistas actuales, en cambio, pretenden seguir conspirando en libertad o mejor aún, que Trump les haga el trabajo. Y se autodenominan demócratas, aunque usted no lo crea.


Profesor universitario
camilopalmares@yahoo.com

Palabras huecas

La vorágine del inmediatismo, producto de la tecnología de la comunicación y de la forma como se orienta su empleo, ha minimizado la reflexión y la crítica sensata, en una carrera interminable por ocupar espacios mediáticos con fines políticos.

Así se favorece la rápida difusión de mentiras, que van moldeando el comportamiento de receptores sumisos y fanatizados, cual marionetas incapaces de verificar la certeza de mensajes que los mueven a una violencia irracional, y que termina en pérdidas humanas y destrucción de bienes públicos y privados.

Desde el primer triunfo de Hugo Chávez, e incluso desde la campaña electoral precedente en 1998, la derecha criolla comenzó a construir un arsenal de falsedades para adoctrinar a sus seguidores, reforzando el secular miedo al comunismo que sembraron los macartistas y asimilaron adecos y copeyanos.

Posteriormente calificaron a Chávez de “dictador”, precisamente a quien impulsó la organización del pueblo desde las bases, introdujo la figura del revocatorio del mandato en la Constitución, y reconoció sus fracasos electorales. Más tarde lo llamaron “tirano”, cuando ningún otro presidente soportó tantos insultos sin procurar la justicia que requerían tales vilipendios.

Ahora resulta que Maduro, quien en mayo de 2018 ganó limpiamente unas elecciones anticipadas por petición de la oposición, es un “usurpador”, mientras que un sujeto que ni siquiera participó en la contienda, pero está apoyado por Trump y sus secuaces, es promocionado como “presidente encargado”, en un supuesto interinato cuya duración dependerá de cuándo decida la invasión de nuestro país el gobierno gringo.

Uno entiende la ignorancia de los jóvenes, porque lamentablemente su fuente de cultura son las mal llamadas “redes sociales” que suplantaron a los libros, a pesar de que actualmente en el país hay muchas más oportunidades de estudios universitarios que en el pasado.

Pero es imperdonable que adultos que sufrieron dictaduras auténticas como la de Pérez Jiménez o conocieron referencialmente la de Gómez, se presten para mantener la farsa que convierte palabras y frases como “narcotiranía”, “situación país”, “tiranía chavista”, “usurpación” y “colectivos”, en cascarones vacíos que al final son útiles sólo para quienes quieren apropiarse de Venezuela y sus riquezas.

Camilo Palmares

Profesor universitario

Chao, OEA

Mañana, por fin, Venezuela saldrá de esa compañía de lacayos llamada OEA, donde huele a azufre desde su creación en el 48, precisamente en Bogotá donde el tufo a metano se ha sentido por 200 años. Su primer “gran logro” fue la expulsión de Cuba del organismo en 1962.

El presidente Chávez tuvo el tino y la visión de acabar con ese bodrio y lograr la integración entre nosotros mismos, los latinoamericanos, sin la odiosa presencia de EEUU y su patio delantero, Canadá. Fue así como nació UNASUR, que llegó a ladrarle en la cueva a la OEA, a pesar de que entre sus miembros figuraban también algunos de los que no se atreven a roncarle al imperio norteamericano. Creó igualmente la ALBA y últimamente la CELAC, su mayor proyecto integrador.

La OEA está formada por 35 países, 18 de los cuales son ahora la punta de lanza gringa contra Venezuela. A quienes creen que el presidente Maduro habla gamelote cuando denuncia las intenciones del imperio de invadirnos, les hacemos un breve recuento histórico: Stroessner (1954) dio un cruento golpe en Paraguay.

Ese mismo año Guatemala fue invadida y depuesto Jacobo Arbenz. En 1963, República Dominicana fue invadida para derrocar a Bosch. En 1964 fue tumbado Joao Goulart en Brasil. Argentina sufrió dos cruentos golpes, en el 76 y en el 86, que dieron lugar a una matanza, que se calcula entre 30 mil y 45 mil. En Bolivia 1971, Hugo Banzer se impuso por la fuerza. En 1973, autogolpe de Bordaberry en Uruguay. Ese mismo año, Pinochet tumbó a Allende. Más de 30 mil chilenos asesinados. En El Salvador, derrocaron a Romero, con el trágico saldo de una guerra civil de 12 años y más de cien mil muertos. En 1989, le tocó a Panamá ser invadida por una “causa justa”.

En Perú, 1992, Fujimori dio un autogolpe. En Haití, 2004, secuestraron al presidente Aristide y lo depositaron en África. Misma suerte le ocurrió a Zelaya en 2009, en Honduras. Lugo fue derrocado en Paraguay en 2012 y a Dilma Rousseff, le dieron un golpe parlamentario brasileño en 2012. En todas esas acciones, Estados Unidos tuvo participación descarada, ¿Y la OEA? Viendo pa’dentro, como dicen.

76 bases militares gringas están instaladas en Latinoamérica, ¿Qué hacíamos nosotros en la OEA? Mañana es día de celebración.

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