¿Se reconstruirá el proyecto chavista?

Entre los lineamientos que caracterizaron al proyecto del “socialismo del siglo XXI” destacan: la lucha contra la pobreza, para la cual importaba que los pobres ganaran presencia y poder; la profundización de la democracia; el control soberano de nuestros recursos; la unidad y avance conjunto de América Latina y el Caribe; y la conformación de una dinámica económica mixta, con un sector estatal, otro privado y otro de propiedad social… Tales lineamientos son valiosos, pero en estos veinte años de gobierno no lograron consolidarse.

Por el contrario, luego de unos primeros avances, hoy sufrimos una sociedad con rasgos contrarios a los de la proyectada. Así, la pobreza se ha expandido, y millones padecen la escasez de alimentos y medicinas.

Aunque existen diversas instancias de organización popular, las mismas no parece que funcionaran de manera autónoma sino tuteladas por el gobierno.

La crisis ha convertido a activos trabajadores en pasivos receptores de bonos y cajas Clap. El ejecutivo ha ido acentuando rasgos autoritarios y represivos, y actúa como dueño del Estado y del país. En lugar de crecer, la economía decrece cada día: cierran empresas, emigran trabajadores, baja en forma dramática la producción. La economía social es solo el 1% del total. Y somos causa de problemas y discordia en la región.

¿Qué pasó? Las sanciones del gobierno de Trump nos dañan gravemente, pero el desastre comenzó antes, ellas solo empeoran lo que ya es malo. Decisiones útiles en su momento se prolongaron demasiado en el tiempo y pasaron a ser perjudiciales: el control de cambio con sus diversas tasas terminó promoviendo la corrupción y también afectó a Pdvsa, nuestra gran proveedora de dólares.

Una Pdvsa disminuida –y cargada de tareas más allá de la propia- ha ido generando cada vez menos ingresos, que han sido reemplazados por dinero sin respaldo, promotor de la hiperinflación. Los subsidios a las cosas, como el de la gasolina, estimularon el contrabando. La corrupción ha crecido sin enemigos.

Se nombraron personas poco preparadas para los cargos, de ministros hacia abajo. Se derrochó en megaproyectos nunca culminados. Sin embargo ahí está la propuesta original, que merecería retomarse si hubiera el liderazgo para ello.

Aurora Lacueva
Educadora

¿Se reconstruirá el proyecto chavista?

Las líneas maestras del “socialismo del siglo XXI” que propulsó Chávez tenían mucho de positivo. Hoy está a la vista que el proyecto se extravió y fracasó, debido a diversos errores y faltas que se multiplicaron en el tiempo, sumados a la violenta oposición que sufrió desde sus inicios a manos de intereses internos y externos.

¿Podrá reconstruirse sobre mejores bases a corto o mediano plazo? Ello exigiría nuevos protagonistas e importantes rectificaciones.

Entre esas líneas maestras del proyecto destaca la idea de que la pobreza es inaceptable y puede y debe ser superada. Así mismo, que esta superación requiere de la intervención activa de los mismos pobres.

Chávez repetía: “para superar la pobreza, hay que darle más poder a los pobres”. Las condiciones de recursos naturales, equipamiento y talento humano de Venezuela hacían ciertamente viable, además de justa, una aspiración de este tipo. Y de hecho millones de personas mejoraron su situación socioeconómica desde 1999 hasta el año 2012.

Vinculada con lo anterior, estuvo la propuesta de ir más allá de la democracia representativa y alcanzar una democracia participativa, gracias a nuevos mecanismos como los referendos y las consultas obligatorias, así como nuevas instancias como los consejos comunales y las comunas, la cogestión laboral, el cogobierno escolar, entre otras.

En los inicios, también se realizaron grandes esfuerzos de cedulación e inscripción en el Registro Electoral de ciudadanos y ciudadanas que habían permanecido fuera del sistema.

Otro elemento fue la relevancia dada al control soberano sobre los recursos naturales propios y sobre las empresas consideradas estratégicas: evitar ser un país dominado por grandes corporaciones internacionales o monopolios privados nacionales. Junto a ello, la búsqueda de la unidad de América Latina, a partir del respeto, cooperación, grandes iniciativas económicas conjuntas, y un accionar político internacional coordinado. Observamos cómo en otras latitudes se van estableciendo estas alianzas o uniones regionales, y es fácil comprender que países como los nuestros si están dispersos tendrán menos peso y autonomía en el mundo, mientras que unidos podrán avanzar en su economía, ciencia, tecnología, cultura… Seguiremos.


Educadora
@AuroraLacueva
lacuevat@hotmail.com

Solución democrática ya

¿Hasta cuándo vamos a seguir en este tira y afloja político, mientras la vida de las grandes mayorías se vuelve cada día más difícil y el país se deteriora más y más? De lado y lado nos llega una retórica de patria y dignidad, mas no pareciera que Venezuela y su gente fueran lo prioritario en el accionar de muchos de los líderes de gobierno y oposición, o de la cúpula militar. “La Patria es el Hombre”, cantó Alí Primera. Pero donde estamos es en el juego del poder, y a conservarlo o alcanzarlo se dedican todos los esfuerzos, cavilaciones, triquiñuelas y crecientes apuestas; con el riesgo de que se crucen ciertos límites y se desaten en imparable cadena terribles acontecimientos. Después, sobre los cadáveres y los escombros empezaría por fin la negociación en serio.

Es mucho más patriótico evitar esa trayectoria y abrir desde ahora una salida democrática y pacífica a la crisis. Porque necesitamos hacer algo y hacerlo rápido, a fin de detener este derrumbe. Lo que debe oírse no es la voz de mandatarios extranjeros, ni la voz de la fuerza, sino la del pueblo soberano: un acuerdo político puede permitir que se nombre un nuevo CNE y que en unos meses se organicen elecciones fielmente apegadas a la Constitución, acompañadas por observadores internacionales. Tales elecciones permitirían renovar tanto la Presidencia de la Nación como la Asamblea Nacional. Incluso sería deseable comenzar primero consultando esta estrategia al pueblo, mediante un referendo como los que prevé la Constitución en su artículo 71. Si la estrategia no es aceptada, seguiríamos como estamos. Pero si la mayoría se muestra partidaria de las elecciones para Ejecutivo y Legislativo, se procedería a realizarlas con prontitud. De este modo, el poder no lo tendría quien goce del apoyo internacional más fuerte, ni quien cuente con el respaldo de las armas, ni el más astuto o manipulador, sino aquel que reciba el mandato del pueblo soberano en elecciones libres, aceptadas por todos. Por su parte, el lado perdedor debería contar con todas las garantías para seguir haciendo política y aspirando a ganar el poder en un futuro. Este es el camino de la democracia, que es el camino de la paz y el desarrollo. Lo contrario es seguir hacia el foso dando tumbos.

@AuroraLacueva;
lacuevat@hotmail.com

Para que la vida siga en la Tierra

Hace poco una gran amiga me envió un interesante artículo del diario inglés The Guardian, donde el periodista George Monbiot explica que antes rechazaba al capitalismo “corporativo” y al capitalismo “de amigotes”, pero hoy entiende que todo capitalismo, no importa su apellido, encierra enormes peligros para la existencia humana y, en general, para la vida sobre la Tierra.

El autor destaca que la amenaza del capitalismo radica en dos de sus características básicas: la primera es que es un sistema que requiere del crecimiento perpetuo, pues el capital no puede mantenerse estático sino que debe acumularse y multiplicarse sin fin. De lo contrario el sistema se derrumba. El periodista no se equivoca cuando alerta: “El crecimiento perpetuo en un planeta finito conduce inexorablemente a la catástrofe ambiental”. Hacia allá vamos si no somos capaces, como humanidad, de construir nuevos caminos para producir, distribuir y consumir, que nos ofrezcan una vida amena a todas y todos, sin lujos y sin dispendio, cómoda y prudente.

La segunda característica que menciona el autor es el supuesto de que una persona tiene derecho a una porción tan grande de las riquezas naturales de la Tierra como su fortuna le permita comprar. Esta captura de los bienes comunes trae violencia, cercena los derechos de otros, llevando a muchos a la miseria, y expande el poder económico hacia el político, pues quien controla recursos naturales esenciales controla las relaciones sociales que los rodean.

No es cuestión de volver al feudalismo ni al socialismo estatal, de tipo soviético, explica el articulista. Él piensa que la alternativa está por definir, pero que hay ya propuestas relevantes, como la de la civilización ecológica de Jeremy Lent, el modelo de economía “tipo rosquilla” de Kate Raworth y el pensamiento ambientalista de Raj Patel, entre otros.

En la Venezuela actual pareciera que los peligros del crecimiento económico no nos tocan, pues –al contrario- nuestro problema es que estamos decreciendo en exceso, con consecuencias de pobreza y retroceso cultural. Pero en esta situación existe el gran riesgo de intentar resolver apelando a la explotación desenfrenada de la Naturaleza, como pasa en el Arco Minero. O cayendo en manos del capitalismo internacional más voraz.