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Comando Nacional Socialista

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Ramón Guillermo Aveledo.-Me preguntan por qué en mi artículo de la semana pasada sobre las insuficiencias de la propaganda como sustituto de las soluciones que la gente reclama, entre todos los jefes del Nacionalsocialismo califiqué al Doctor Joseph Goebbels, el Ministro de Propaganda del Reich como la mano derecha de Hitler.

¿Por qué el genio de la mentira sistemática y no, por ejemplo Hermann Goering? Ese militar gordito, codicioso e incompetente aunque presumido, enriquecido en el poder, al que puso a presidir el remedo de parlamento del Reich, en realidad un coro obediente que se reunía de muy cuando en cuando. ¿Por qué no Heinrich Himmler, jefe de la SS, la Gestapo y Ministro del Interior? Temible y cruel. ¿Por qué no uno de generales de su Alto Mando? Como los Mariscales de Campo Von Brauchitsch, comandante en jefe de sus ejércitos, Keitel el del Estado Mayor o el Jefe del comando operacional Jodl. El Ministro del Exterior Von Ribentropp, pobre, servía para dar la cara por el régimen afuera, pero no jugaba en la liga de los jefazos. En esos sistemas los premios mayores son para los que hacen el juego sucio. Mussolini puso a su yerno al frente de la diplomacia fascista y, como se sabe, todo terminó mal.

Opto por el Dr. Goebbles cuya tarea era moralizar a los suyos y desmoralizar al enemigo. En su hora final, Hitler designó heredero a este orador que soñaba con ser escritor. Había sido Gauleiter capitalino, ascendió a ministro y lo convenció de la “guerra total”, una guerra sin limitaciones políticas donde las opciones eran la victoria total o la derrota total. La que ocurrió fue esta última. El delirio nacionalsocialista terminó en un fracaso total. Una de las grandes tragedias de la historia.

Goebbels tenía un trastorno narcisista de la personalidad. Como cualquier siquiatra lo sabe, está en el manual, lo caracterizan un patrón general de grandiosidad, una necesidad de admiración y una falta de empatía. Sentido de auto importancia con fantasías de éxito ilimitado y brillantez. Es envidioso y se cree envidiado por los demás. Presenta actitudes arrogantes o soberbias.

¿Cómo fue posible que tal elenco se impusiera a un gran pueblo? La democracia, el Estado de Derecho y el respeto a la dignidad de la persona humana son incomparables a las costosas fantasías revolucionarias. El contraste es claro, inequívoco. Una cosa es que al poder se lo goce un grupito que se lo ha apropiado y otra cuando está al servicio de un pueblo que se respeta.

Ramón Guillermo Aveledo
@AveledoUnidad

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