Desde el pasado viernes 27 de abril duermen alrededor de 300 mujeres, en un campamento que instalaron en las adyacencias de la Casa de Reeducación y Trabajo Artesanal La Planta, ubicado en Caracas.
En la mañana. Para María es difícil precisar a qué hora se despiertan desde que duermen en los alrededores de La Planta. “Nosotras en verdad no dormimos, porque nos turneamos (sic) en la madrugada. Algunas tienen que cuidar las cosas mientras dormimos”, cuenta.
Carmen sale de su casa en Caricuao a las 5:30 am, y llega a las 8:30 am a la entrada de la prisión. El tercero de sus cinco hijos está preso desde hace un año y su caso tiene retardo procesal. Ella prefiere no detallar las causas, pero aclara que aún no le han dictado sentencia.
“Yo espero que él escarmiente y que tome conciencia. Él lo hizo, pero me dice que no sabe qué le pasó en ese momento, que sentía que no era él. Me dijo ‘Mami, yo sentía como si tuviese el diablo por dentro, poseído, como si fueran cosas del diablo’”, dice Carmen.
A su lado, Gladys comparte su historia y señala que su padrastro está preso, pero es inocente. Un grupo de hombres violó a una muchacha que estaba borracha y su padrastro fue identificado como uno de los culpables. “Él me asegura que no lo hizo, y que ella lo confundió”, clarifica Gladys.
Su mamá lo conoció dentro de la cárcel, cuando visitaba a sus tíos que también estaban presos. “Mi mamá ya tiene una hija de él. Tiene un añito. Hoy no vino porque tenía que trabajar y cuidar a mi hermana, así que vine yo”.
En las mañanas no van tantas personas como en la noche. Varias mujeres comentan que pidieron libres el lunes y martes, pero hoy (miércoles) están escapadas. Otra muestra el récipe médico que le dieron, como constancia de sus días de “reposo”, y dice que una muchacha, que vive en Ocumare, está a punto de perder el trabajo por los días que ha faltado.
Casi todas visten licras, jeans, zapatos de goma y franelas para estar alertas “por si toca salir corriendo” y poder dormir con la misma ropa.
En la tarde. Para almorzar también se reparten las tareas. Unas vigilan sus pertenencias, mientras otras buscan la comida.
“En el desayuno es pan con queso y jugo, en el almuerzo es pan con queso y refresco, y en la noche es pan con queso y café”, dice María y enseguida advierte que no quiere comer más pan en los próximos días.
Alrededor de la cárcel, la mayoría son mujeres: madres, novias y hermanas que esperan que liberen a sus familiares, aunque aún no hayan cumplido la condena. “Uno nunca sabe. La fe es lo último que se pierde”, repiten mientras llegan unas boletas de excarcelación. Ése día, liberarían a siete reos que tenían beneficios.
Debajo del puente y, junto a la barrera que prohíbe el paso en la avenida José Antonio Páez, hay carpas; cartones; sábanas; colchonetas; y bolsas llenas de sábanas. Ana y Gloria señalan sus colchonetas, que califican de “suites”. El olor a cigarro es permanente, aunque no haya humo a la vista.
En la noche. A partir de las 7 pm, quienes salieron del trabajo se acercan a La Planta. Vestidos con pantalones y camisas, preguntan qué ha pasado durante el día.
Un grupo amarra una sábana blanca en la cerca de ciclón, a los lados de la avenida, e instala un videobeam y una corneta. “Ya va a comenzar el culto. Hoy ponen una película cristiana”, dice María que se para de una silla e invita a sus compañeras. Dice que el día anterior dieron una misa que le dio escalofríos.
La película, doblada al español, muestra imágenes de maleantes fornidos, con armas, que finalmente encuentran el camino de Dios.
Al terminar la proyección, el pastor afirma a través de un micrófono que “vendrán tiempos mejores” y que la prensa amarillista no tendrá más noticias que publicar sobre las cárceles, porque “vendrá la paz”.
A las 8 pm comienzan los rumores de libertad de unos presos. “Mi esposo va a salir”, informa una muchacha de ojos achinados. “Estoy chateando con él y me dice que le están preparando todo”.
Aunque el esposo de Andrea no va a salir, ella se emociona. “Todas sabemos cómo es eso allá adentro y por eso nos alegramos. Si fuera mi esposo yo ya estuviera llorando”, dice entre risas nerviosas.
A las 8:16 pm liberan a los siete beneficiados. Las personas corren hacia la entrada, los reciben con aplausos y gritan: “¡Libertad, libertad!”.
Cuando terminan las excarcelaciones, cada quien busca su “suite”, y se alista para dormir. Además de las colchonetas, Ana y Gloria tienen un sofá roto, de dos puestos, con una tela que apenas se distingue debajo del sucio. Se los regalaron unos vecinos de las residencias La Flores, que se encuentran al lado del puente.
Cinco mujeres se reparten en las dos colchonetas y el sofá. Tratan de olvidar que tienen hambre e intercambian experiencias. Cuando hace la visita conyugal, Ana no se quita los zapatos ni se cambia de ropa. “No quiero que me vean sexy”, dice; mientras que Gloria prefiere que su esposo no lleve interiores puestos para tener menos trabajo. Ríe, suspira y se queda en silencio.
Ambas conversan y esperan que todo concluya antes del capítulo final de la novela televisiva, La Reina del Sur.