Norma Rivas Herrera | Giulianna es pediatra. Hace 20 años, cuando estaba recién graduada como médica cirujana, se casó y al poco tiempo comenzó su calvario. "Él nunca me dijo que me amaba o me quería. Lo interpreté como timidez. Después del primer año de matrimonio, comenzó a decirme que no servía como madre, como ama de casa. Me comparaba con otras mujeres, decía que eran mejores que yo. Me bajó la autoestima. Realicé mi posgrado de Pediatría en otra ciudad.
Me llamaba por teléfono para insultarme, pedirme dinero e injuriarme y maltrataba psicológicamente a los niños. Me mal ponía con las amistades y colegas. Cuando regresé, las agresiones verbales aumentaron hasta llamarme loca, prostituta y pare de contar. Quería vender nuestra casa sin importar dónde nos meteríamos los niños y yo...".
Con ese relato se rompe el mito de que las pobres, las que viven en los sectores populares, son las únicas agredidas por sus parejas. Ninguna mujer está exenta de sufrir, en algún momento, de su vida una agresión de violencia de género, ya que esta no respeta color, religión, clase social ni profesión.
Según Rocío Gómez, licenciada en Trabajo Social, con experiencia en la atención de casos de violencia de género, los niveles de maltrato más fuertes o los más descabellados se pueden dar en los estratos de la sociedad con mejores condiciones económicas y se ocultan por mantener una posición y las apariencias; por ello, les cuesta muchas veces tomar la decisión de denunciar el maltrato ante los órganos receptores de denuncia.
"Lo primero que deben hacer es pensar que ellas no tienen por qué soportar relaciones donde se vulneren sus derechos. Segundo, buscar ayuda. Tercero, no aislarse, porque allí es donde está el problema; algunos agresores buscan que la mujer pierda contacto con su familia, con sus amigos, lo cual les permite a ellos actuar sin testigos y con toda la impunidad porque no tienen a nadie que les haga saber que están cometiendo un delito y no tienen tampoco quién los cuestione moralmente por sus actos".
Gómez recomienda tener siempre saldo en el teléfono y dinero para tomar un taxi si en un momento dado tienen que resguardarse. También sugiere que, ante la presencia de una escena violenta, lo mejor es ver la situación y tomar control visual de las posibles salidas, no engancharse si la pareja se vuelve violenta: "Cuando pierda el control con facilidad, no le lleve la contraria, mantenga la calma, tome el control de la situación, sea persuasiva. En una situación violenta, alguien tiene que bajar la guardia para tomar el control inteligentemente. Si se puede salir de la casa, salga, tome las llaves de la vivienda y regrese cuando crea que la situación está calmada. Esa actitud le puede salvar la vida".
Explica que, en el caso de Giulianna, la médica cirujana, ella pudo salvarse porque cuando fue agredida físicamente, sin pensarlo dos veces, lo denunció en la Prefectura, donde permaneció preso una noche. Ahora, tiene una medida de caución y no debe acercarse a ella. Dice estar más tranquila y feliz.Vive con sus hijos. Su autoestima subió y le va muy bien como profesional. Él no ve por los niños; ella es padre y madre a la vez.
Gómez señala que ha abordado muchos casos como el de Giulianna, que lo más importante es tomar conciencia de la situación y buscar la ayuda para salir del círculo de violencia.