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SUCESOS | 28/10/2012 07:45:00 a.m.
Luidig Ochoa no es comiquita
Perteneció al hampa, vivió los horrores de las cárceles venezolanas y se salvó por su amor al dibujo y un deseo de redención. Hoy hace una serie animada muy famosa en Internet

Luidig Ochoa no es comiquita
Vendió su pistola para comprarse una computadora (Creditos: ÚN )
Laura Weffer Cifuentes

El cuerpo de Luidig Ochoa es un lienzo de violencia. Ha recibido 15 tiros a lo largo de sus 32 años, tres de ellos en el rostro, que resaltan como unas marcas mal curadas de acné.

Tiene varias cicatrices de puñaladas, pero ni siquiera se ha molestado en contar cuántas. Se limita a decir que son “bastantes” y él mismo se ha hecho ocho tatuajes. En el pecho, en los brazos y en las piernas. Usó su piel para practicar el arte que luego lo salvaría del “malandreo serio”. Luidig convirtió su experiencia de más de cinco años preso en Tocorón y en La Planta en una serie animada llamada “Cárcel o infierno” que, con sus nueve capítulos, ya tiene más de 7 millones de visitas por YouTube.

El intocable. “Yo tuve una vida fuerte. Mi primera pistola la tuve a los 14 años. Era mala conducta. Pero pensé que a mí nunca me iban a agarrar. Cuando el juez dictó la decisión, no entendía mucho lo que pasaba. Le tuve que preguntar a mi abogado. Me dieron los tres meses mágicos, que le dan a todo el mundo, y que luego se convierten en años por el retardo procesal”.

Su primera impresión de la cárcel permanece indeleble. “Se abrió el portón y fue tensión total. Ves a más de 200 hombres sin franela, con cuchillos y pistolas en mano y piensas: ‘Aquí lo que hay es que ponerse los pantalones. Este es el sitio’”. Esa es la imagen inicial, la que marcó el recuerdo de Ochoa y con la que siempre abre la serie.

Luidig no detalla cuáles fueron los delitos por los que lo encerraron, se limita a decir que fue por lesiones graves, pero la seriedad de los mismos lo catapultaron a convertirse en el lugarteniente (lucero) de los pranes o volanteros de los recintos penitenciarios. También ayudó que el jefe de pabellón de La Planta hubiese nacido en Aragua, al igual que Ochoa. Este rango le daba cierto margen de maniobra, tenía acceso a armas y “privilegios” que le permitieron sobrevivir.

 Pero a la vez, entrañaba otros problemas. La rivalidad entre pandillas restringía su desplazamiento interno, había espacios que era mejor no visitar, bajo el riesgo de perder la vida. Esto lo encerraban aún más dentro de la cárcel. 

Su liberación llegó de modo muy particular: se dedicó a plasmar el día a día en un bloc blanco que se convirtió en un libro de ilustraciones consultado por todos sus compañeros de prisión (los causas).

“Dibujo desde que tengo 8 años. Siempre cosas fuertes. Lo que no puedo hacer en físico, lo dreno a través de la ilustración. Antes mi papá me criticaba porque solo pintaba drogas y malandros, pero era lo que me provocaba”, asegura el joven, al tiempo que hace una mueca. A veces parece que se reseteara.

“Cuando me preguntan qué recomendación le daría a los que están saliendo de la cárcel, el 99 por ciento de las personas espera que yo responda diciendo: ‘No lo vuelvan a hacer’.

 Pero no es así de fácil, nadie cambia de la noche a la mañana, porque yo lo viví. Creo que hay que tocar fondo, bien abajo, para poder salir de esta cuestión”.

Su punto de quiebre fue la muerte de su hermano, Alfonso.

Asegura que lo mataron para vengarse de él. Fue esta tragedia la que le hizo caer en cuenta que le habían arrancado a su mamá uno de sus dos hijos. Que solo quedaba él para echar hacia delante. “Luego de que salí de la cárcel pasé tres meses encerrado en mi casa. Pintando. Yo sabía que tenía que trabajar, pero no quería ir a lavar carros. Quería hacer lo que me gustaba. Entonces, vendí mi pistola y mi mamá me completó. Con eso me compré mi primera computadora. Cuando me la trajeron, no sabía ni dónde se prendía. Una prima me fue enseñando poco a poco. Luego descubrí los tutoriales y así fue que empecé a hacer las animaciones”.
 
Luidig es un autodidacta. Por eso no deja de sorprenderlo el interés que ha levantado su trabajo. Aunque se masificó con Cárcel o infierno, la verdad, ya tenía una historia laboral desarrollado en Ávila TV, en VTV y en el Ministerio de Comunicación e Información. Todavía se ríe cuando los corresponsales extranjeros que han escrito sobre él le piden que los invite a su estudio. “Hermano, yo no tengo estudio. Yo trabajo en la misma mesa donde como. Quito el plato y allí está: mi oficina”.

Bajándole dos. A pesar de que la estética de las imágenes que utiliza son casi ingenuas, la crudeza de las situaciones que presentan justifican el título de la serie animada. Y en cada capítulo pareciera que hay más de infierno que de cárcel. La muerte y la sangre son las verdaderas protagonistas de estas historias, que son transmitidas cada 15 días. Y que según afirma, son sacadas de la vida misma. 

Él fue testigo de todo lo que narra. “Nadie me contó este guión”. De los degüellamientos, de los coliseos, de los asesinatos, de la impunidad. Ahora debe cuidarse, sabe que una palabra mal dicha o un movimiento en falso puede costarle la vida. Aunque está fuera, su pasado no lo abandona ni un instante. Tanto que asegura que, hace dos meses, fue sacado violentamente de su casa por el Cicpc, cuando apareció muerto cerca de la zona donde vive un guardaespaldas del diputado Freddy Bernal. Cuenta que esa noche lo maltrataron, le pusieron electricidad en todo el cuerpo e intentaban asfixiarlo tapándole el rostro con una bolsa impregnada de insecticida. Al final, tuvieron que intervenir funcionarios de altísimo nivel para que lo dejaran libre y quedara absuelto de toda sospecha. 

Aunque Ochoa no tiene mayores problemas en desnudar su vida, hay episodios que prefiere ahorrarse. Tímidamente dice que hay temas sobre los que no habla. Porque no hay nada peor para un expresidiario que “manchar la rutina”, y no hay peor mancha que convertirse en sapo. 

“Las reglas en todas las cárceles son las mismas. Es mejor que no te comas la luz porque te mueres”. Ejemplos de irrespeto imperdonable es que sea día de visita y los privados de libertad anden sin franela, o que tropiecen a algún familiar que se moleste. 

También cuentan como afrentas insalvables los robos de los “bataneros” o “brujas”, que son los apodos que pesan sobre el grupo de “piedreros”. Ahora ya los reconoce como enfermos, pero antes no. Presenció cómo sustraían todas las pertenencias de un muerto; hasta la ropa manchada de sangre, la lavaban y luego la vendían para mantener el vicio.

Luidig garantiza que en la cárcel no se pierde nada, pero si acaso llegara a suceder, siempre aparece el responsable, que es sometido de manera implacable a la ley de la cárcel. “Y si lo atrapan, no se salva ni que llame Chávez y diga que no lo maten”. Él ya perdió la cuenta de cuántos cuerpos sin vida ha visto. Todos sus compañeros o amigos pasaron a la categoría de “difuntos”.

En 2008 le dieron la libertad. Cuando salió veía todo gigante. Lo encandiló la claridad. Se sentía extraño al poder moverse sin órdenes. Sin ser vigilado. Pero después de salir vinieron mil tropezones más. Todos temían a un expresidiario, siendo casi imposible conseguir trabajo y a la vez con una nutrida red de hampa y contactos criminales. Pero llegó el momento de bajar la velocidad. La última vez que estuvo preso duró tres meses en Aragua. Luego se consiguió a Sancho, un reconocido ilustrador, que confió en él. Le pagaba el pasaje todos los días para trasladarse a Caracas. El primer himno ilustrado de Ávila TV es de su autoría. Luego hizo series, dibujos y caricaturas.

 En dos ocasiones ha llegado a ser “tendencia” en la red social Twitter.

“Ahora yo soy otra persona. Tengo el loco de la ira amarrado. Cuando tengo problemas, me meto en mi computadora y se me olvida todo. Mi animación me llena. Y soy un privilegiado”

lweffer@cadena-capriles.com


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