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Caracas, 21/12/2014
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SUCESOS | 01/07/2012 06:30:00 a.m.
Crónica Negra: Le cortaron la racha y sus sueños
Le quedaron los ojos abiertos como platos, quizás a causa del estupor

Crónica Negra: Le cortaron la racha y sus sueños
Crónica Negra. (Creditos: Reva.)
Willmer Poleo Zerpa | Últimas Noticias 

Las franelillas blancas de niño y la gorrita de medio lado apenas podían contener al hombre que crecía dentro. Los ojos les brillaban y ellos los entrecerraban un poco en un intento por dar un toque de seriedad y dureza a aquellos rostros aún en proceso de formación, de bigotes incipientes y granos regados sin orden alguno. Casi ninguno llegaba a los dieciocho años. No conocían la vida, pero ya les había sido presentada la muerte. Sólo dos de ellos tenían novias. Los demás no tenían tiempo para esas cosas, ni para el cine, ni la playa, ni fiesta alguna. Desde que se levantaban tomaban su arma y se iban a la esquina, en la que se encontraban todos los días a hablar las mismas cosas, a contar las mismas anécdotas, la misma conspiración. Los vecinos los conocían y cuando pasaban por su lado lo hacían presurosos. Ellos parecían disfrutar con el miedo que irradiaban sus rostros adolescentes. Algunos habían sido detenidos, pero a los días estaban de regreso a las calles, lo que contribuía a acrecentar su fama y el miedo que infundían.

Andrés Alfonso Suárez era uno de los pocos adultos del grupo. Contaba con 23 años de edad, pero hasta ahí llegó. El 24 de agosto llegaron varios miembros de una banda rival y le dieron muerte a balazos delante de su abuela. Esto ocurrió en la avenida 79 del barrio 14 de Noviembre de Maracaibo. El que disparó fue un muchacho que no debía alcanzar los quince años. Tenía el arma con las dos manos, pero aún así casi que no podía ni sostenerla ante cada detonación. Tras acribillarlo, se fueron corriendo pero sin prisa.

El cuerpo del infortunado quedó tendido en la calzada regado con las lágrimas desgarradas de su abuela, que lo jamaqueaba de un lado a otro, como buscando revivirlo. Diez minutos después comenzaron a llegar los amigos. La calle toda se llenó de curiosos, pero sobresalían los muchachos con franelillas blancas, algunos de ellos con jeans y otros con bermudas que les quedaban un poco más abajo de las rodillas. Tres de ellos tenían armas en las manos y las exhibían sin temor alguno.
 Sabían que podía llegar cualquiera a esa hora, menos la policía.
Alta tensión. Durante el velorio de Andrés Alfonso Suárez, sus compañeros se turnaron para vigilar los alrededores, pues había rumores de que los asesinos volverían para tratar de acabar con el resto de los integrantes de la banda criminal. Sin embargo, esa noche no ocurrió nada, salvo que nadie durmió. La mamá y la abuela del muchacho acribillado se habían negado a irse a acostar, pues decían que sería el último día que pasarían con su muchacho. Al día siguiente hubo disparos en el cementerio y después una ligera corredera, pues a varias patrullas se les ocurrió asomarse por el lugar. Los parientes de Andrés guardaron el dolor y se fueron a sus casas. Desde entonces sólo ellos lo recordarían.

La venganza. Varios de los integrantes del grupo estuvieron varios días dando vueltas por varios sectores de Maracaibo con la esperanza de encontrarse a algunos de los asesinos de Andrés, pero temían adentrarse en el barrio donde éstos residían pues conocían de la peligrosidad de éstos.

Aquella tarde sofocante de finales de agosto casi no se podía respirar. Los pocos árboles estaban inmóviles, como reservando sus fuerzas. La gente caminaba apurada, y cuando ya sentía que no podía, se metían en cualquier negocio a preguntar cualquier cosa. Luego salía y retomaba las calles encendidas. Un camión cisterna se desplazaba a paso lento, mientras echaba un poco de agua a los arbustos resecos. La gente miraba con envidia. Cuatro muchachos, dos de ellos con franelillas blancas y pistolas al cinto, sorprendieron a un taxista que se bajó a llamar por teléfono y le quitaron las llaves del auto. Segundos después recorrían algunas barriadas de la ciudad mirando para todos lados. Ninguno hablaba. Sólo miraban.

La entrada del barrio Francisco de Miranda es pasadizo obligado de quienes van caminando para el Centro Comercial Galerías en Maracaibo. La gente casi que corre, pero no por miedo al barrio, sino para no morir tostados. Los tres muchachos caminan despreocupados, como si el clima no los afectara. Dos llevan puestos audífonos y tararean algo inaudible. El otro camina despreocupado. Ya se disponen a cruzar la calle para tomar la acera de Centro Comercial cuando un vehículo blanco les cierra el paso. Tres muchachos, jóvenes como ellos, descienden con prisa. Muestran sus armas. Suena un disparo. Los tres muchachos corren desaforados. Una señora va pasando con una niñita y la haló por el pelo y la protegió con su cuerpo. Es un tres para tres, pero hay quienes están desarmados. Sólo dependen de sus piernas. Otras detonaciones se pierden en medio de la ola de calor. De pronto uno de los muchachos cayó al pavimento. No está herido, sólo resbaló por culpa de un hueco en el asfalto. Lo último que vio fue seis piernas desnudas casi al frente de él. Murió en el sitio. A su lado estaba una gorra de pelotero y unos audífonos. Le quedaron los ojos abiertos como platos, quizás a causa del estupor y el miedo. Luego se supo en el barrio que la cosa no era con él, sino que los criminales buscaban a los dos hermanos, de apellido Chourio, que lo acompañaban esa fatídica tarde, uno de los cuales habría participado en el crimen de Andrés Alfonso Suárez.

Al día siguiente salió publicado en los medios que habían asesinado a un peloterito de nombre de Edwing Enrique Guerrero Bustamante, de diez y seis años de edad. Un muchacho sano, estudioso, prospecto de un equipo grande. “Él sólo quería llegar a Grandes Ligas para sacarnos del barrio”, dijo su madre entre sollozos apagados.

Robacarros. La policía realizó varios allanamientos y logró apresar a uno de los integrantes del grupo criminal, Jessy Bill Montero, de 25 años, aunque se aclaró que éste no participó directamente en el crimen del joven deportista. Se especificó que los matones pertenecen a una banda de ladrones de carros y que habían logrado incautar una pistola calibre 9 mm y una escopeta calibre 12, ambas niqueladas.

Por el crimen del infortunado quedaron solicitados Marcos Delgado, de 19 años, alias “Paquito”, y otros tres adolescentes, uno de ellos conocido como “Chelo”.

wpoleo@cadena-capriles.com


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