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SUCESOS | 13/01/2013 06:00:00 a.m.
Crónica Negra: La tranquilidad peligrosa
El bombillo del poste de la esquina se había quemado desde hacía más de un mes y las penumbras no eran desaprovechadas en el barrio

Crónica Negra: La tranquilidad peligrosa
Crónica Negra (Creditos: ÚN)
Willmer Poleo Zerpa | ÚN.- El bombillo del poste de la esquina se había quemado desde hacía más de un mes y las penumbras no eran desaprovechadas en el barrio. El próximo poste estaba ubicado a unos 50 metros, por lo que el trecho lóbrego era medianamente largo.

Sólo estaba alumbrada la parte de la entrada de la estrecha vía que conduce al barrio Buenos Aires de Puente Hierro. Dos parejitas se besuqueaban muy cerca la una de la otra. Casi no se miraban los rostros, pero eso no importaba. Los jadeos de él se confundían con los de ella y se tornaban incontrolables.

—Miren, hey ustedes, dejen el sebo ahí, por qué no se van para otro lado. Sí que son arrechos. Porque no se van para la puerta de sus casas. Esto es fin de mundo –les gritó alguien desde la parte alta de una de las viviendas del sector, donde apenas se distinguía una cabellera blanca medio despeinada.

Minutos después un chorro de agua cayó desde las alturas y mojó a una de las parejitas. Sólo se alcanzó a ver una ponchera verde claro que goteaba desde la ventana del piso superior.

Tres chiquillos correteaban de un lado a otro tras un perro flacuchento y al que le faltaban dos dientes y la mayoría de las muelas, porque ya hacía bastante que había alcanzado la etapa de la senilidad. Pero el can aún tenía fuerzas para jugar con la muchachería del barrio. Quizás era una forma de agradecerles que nunca se hubieran metido con él, pese a no tener casa. Pero los chamitos gritaban mucho y cuando lo hacían los tres al mismo tiempo provocaban un ruido ensordecedor.

—Hey, miren niños, por qué no se van a jugar para allá con ese perro. No me dejan ni siquiera ver televisión. Además, ese perro está todo sucio y hediondo.

Los jovencitos voltearon hacia arriba para mirar quién les gritaba y alcanzaron a ver la cabellera blanca, medio despeinada, pero no le hicieron mayor caso. Rato después cayeron en medio de la calle varios frasquitos de compota llenos de agua. En la ventana desde donde habían surgido los gritos no había nadie y la luz había sido apagada.

Un joven, que llevaba un sueter amarrado a la cintura, subió caminando fumando un cigarrillo de marihuana que había encendido casi desde que traspasó el umbral de la entrada del barrio.

La policía muy poco se metía por allí, porque a pesar de todo era una barriada tranquila y pasaban las cosas rutinarias que ocurren en cualquier vecindad. Que si su hijo le pegó al mío, que si su pared se está filtrando y me está dañando la mía, que si me rayaron el carro, que tenga más cuidado cuando riegue las matas porque toda el agua se me mete para mi casa, que dejen la cochinada y limpien las porquerías de sus perros, que si me está trancando y usted sabe que no me puede trancar porque yo salgo a trabajar todos los días muy temprano.

El joven se encontró con un amigo y se sentó justo al frente de la casa de la señora de la cabellera blanca y encendieron otro cigarrillo de marihuana. Rato después era cinco y todos fumaban al mismo tiempo.

—Hey, hey, vayan a fumarse su vaina para otro lado. Todo el humo se me está metiendo para la casa y la que voy a terminar toda drogada soy yo, cuerda de zánganos, marihuaneros –gritó la anciana desde la ventana de la parte alta.

—Chiiiito –gritó uno de los jóvenes –provocando una carcajada colectiva.

Pero casi al instante cayeron en medio de la calle tres frasquitos de compota, y ratico después un gran chorro fue vertido desde la ventana.

—Qué es vieja, tú como que te volviste loca –dijo uno de los muchachos sacudiéndose porque había sido mojado.
Como respuesta se escuchó el chirrido de una puerta de madera al abrirse. Y allí estaba ella, con su cabellera blanca despeinada y un machete en la mano.

Los muchachos se marcharon entre gritos, burlas e incluso amenazas.

Las medidas. A media mañana del día siguiente la anciana embadurnó con grasa varios obstáculos de cemento que ella misma había mandado a colocar para que nadie se estacionara en las aceras frente a su vivienda y que era utilizado por los chiquillos y los jóvenes del barrio para sentarse a conversar.

Por la noche llegaron los adolescentes del sector y colocaron cartones encima de los obstáculos para sentarse a hablar. Nuevamente los frasquitos de compota se hicieron presentes.

Y así, entre humaredas nauseabundas, jadeos, correteos, insultos y burlas llegó el mes de diciembre, en el que se agregaron triquitraquis, matasuegras, tortas explosivas y cohetones.

Aquella noche estaba particularmente bulliciosa, quizás porque ya estaba muy cerca la Navidad. El grupo se había instalado casi justo debajo de la ventana de la anciana, y cada explosión era seguida por un coro de risas y gritos.

Todos parecían disfrutar de la pólvora multicolor y de las estampidas que, para rematar, alborotaban las sirenas de las alarmas de los autos aparcados en las adyacencias.

Varios frascos de compota ya habían caído en la calle alborotada y dos chorros de agua cayeron, pero el olor a pólvora, ahora mezclado con el de la marihuana, era cada vez más intenso, como intenso era el jolgorio.

La señora salió decidida. Llevaba el machete firmemente asido con ambas manos e intentó agarrar a uno de los muchachos. Comenzaron a corretearla y a burlarse, mientras ella lanzaba machetazos en variadas direcciones.

—Mire qué vaina es la que es. Cuidado y corta alguno de los muchachos porque ahí sí es verdad que se va a meter en tremendo peo –le dijo una de las mujeres del barrio, que presenciaba todo cuanto ocurría y que no tenía pudor alguno en enseñar una gruesa barriga que le sobresalía con suma facilidad por debajo de una estrecha franelilla.

—¿Un lío de qué? Si no quieren que los corte, que se vayan a joder para otro lado. ¿O es que quieres que te corte a ti? –gritó la señora fuera de sí, levantando el machete, siempre sostenido con ambas manos.

—Verga vieja, definitivamente tú estás loca de remate. Zape Gato –le gritó la mujer a la señora despertando nuevamente las burlas de la chiquillería que comenzó a corear “tas loca, tas loca, tas loca”.

La señora bajó el machete con fuerza y la hoja metálica pasó muy cerca del rostro de la mujer que le saltó encima como una fiera.

—Ahora sí te voy a enseñar, vieja del carajo –le gritó la mujer mientras se le abalanzaba y le quitaba el machete y luego la golpeó con furia en el rostro. Otra mujer intervino, pero lo que hizo fue golpear también a la señora de la blanca cabellera alborotada.

Como pudo, la señora se zafó y se metió en su casa. Llamó a un familiar que siempre solía visitarla y le contó lo que le había ocurrido.

El pariente, que sabía como era ella, intentó calmarla y le dijo que al día siguiente en la mañana iría a visitarla para arreglar el problema con los vecinos.

Al día siguiente, el pariente fue a visitarla y se extrañó de que la puerta se encontraba semiabierta. Abrió con cautela y la llamó, pero no obtuvo respuesta. Segundos después la encontró sin vida tirada en el piso.

Había sido asesinada a puñaladas. No hay detenidos. Murió en el barrio que ayudó a fundar desde su llegada al país.

wpoleo@cadena-capriles.com | @Willmerpoleo


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