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INVESTIGACIÓN | 27/05/2012 08:31:00 p.m.
Crónica Negra: Una morbosa obsesión
Desde hace 11 años, cuando Mary Esther se puso a vivir con Rafael Segundo Romero, ella nunca dejó de vender besitos, dulces, conservas, chicha y cualquier otra cosa

Crónica Negra: Una morbosa obsesión
Una morbosa obsesión. (Creditos: Archivo)
Wilmer Poleo Zerpa | Últimas Noticias 

Era una mujer luchadora, guerrera, pero nunca –ni aún en los momentos más difíciles que le tocó vivir– perdió la amabilidad ni la sonrisa de los labios. Nadie se explica por qué duró tanto tiempo con Romero, pues plata casi no le daba, ya que lo poco que ganaba con sus trabajos de albañilería se lo gastaba en aguardiente y en mujeres.

Junto con Romero había procreado cuatro hijos que ahora tienen 3, 4, 6 y 11 años. Pero de su primer matrimonio tenía otras dos hijas hembras, de 13 y 15 años. Las niñas la ayudaban a vender y en los quehaceres de la casa. Ella compartía sus obligaciones con las actividades que desarrollaba en la iglesia evangélica Luz de Mi Vida, que estaba ubicada cerca de su vivienda en Barrio Alegre, municipio Jesús Enrique Lossada (Zul).

Mary Esther tenía 38 años y Romero 52. Otra cosa que nadie se explica es cómo hacía para vivir tanta gente dentro de la humilde vivienda, pues el rancho apenas si medía seis por cuatro metros. Pero se las ingeniaban. Lo malo es que el muchacherío constantemente presenciaba las peleas de Mary Esther y Romero, las cuales ocurrían cada vez con mayor frecuencia y siempre subidas de tono.

Asedio.
En una oportunidad, Romero le estaba tocando sus partes íntimas a la niña de 15 años, esta le dio una patada en la entrepierna y salió corriendo. Romero la amenazó con matarla si le contaba algo a Mary Esther, pero la jovencita, que miedo no le tenía, lo delató con su mamá.

Mary Esther le dio una cachetada a Romero y le dijo que si seguía con la vaina con su hija lo mandaría a joder con sus hermanos. Desde ese día, el hombre no se metió más con la adolescente, por lo menos en apariencia, pero la miraba con picardía y en una ocasión la otra niña de 13 años lo descubrió cuando este espiaba a su hermana cuando se estaba bañando, a través de las rendijas. Luego tuvo un ataque de celos, porque llegó medio borracho y vio a la jovencita en la sala conversando con un muchacho de su edad. Romero se puso furioso y lo corrió de la casa, casi que a empujones.

Hubo otra ocasión cuando Romero le compró unos pantalones y una blusita a la niña de 15 años y cuando se los fue a dar le dijo: “Si te portas bien conmigo, te voy a tratar como a una reina y no te faltará nunca nada”. La jovencita le tiró la ropa a la cara. “Viejo verde… sádico”, le dijo.

Una semana después, Romero llegó y Mary Esther había salido con la niña de 13 años, mientras que la de 15 se había quedado cuidando a sus hermanitos. Romero la agarró a la fuerza, la metió para el cuarto y comenzó a quitarle la ropa. La joven comenzó a patalear y le rasguñó la cara y luego le mordió una mano. En lo que la soltó, salió corriendo y fue a pedir ayuda a unos vecinos.

Rato más tarde, cuando su mamá llegó, la jovencita la abordó y le dijo que si él no se iba, ella era quien se iba a ir de la casa porque su padrastro quería violarla.

La mujer le reclamó de manera airada a Rafael Segundo y este, con total desparpajo, le gritó: “Bueno, sí, es verdad, me gusta la coñita. Dime cuánto vale tu hija para comprártela”. Mary Esther le arrojó una botella y le gritó con valentía: “Mi hija no está en venta, desgraciado, ¿no te das cuenta de que tan sólo es una niña? Deja la vaina porque no respondo y soy capaz de matarte, Rafael Segundo. Tú a mí no me conoces”.

Pasaron algunos meses sin que se presentara un nuevo percance, debido a que la jovencita evitaba quedarse a solas con Romero, quien, no obstante, no dejaba de perseguirla con la mirada. 

Perdón fatal. Hasta que en una ocasión llegó pasado de tragos y sin pensarlo dos veces se arrojó a la cama donde dormía la adolescente. La gritería despertó a todos en la casa e incluso a algunos vecinos. Mary Esther se apareció armada con un bate de beisbol y de una buena vez le asestó un batazo por el cuello, que lo dejó atolondrado. Luego le dio otros dos batazos, uno de los cuales le fracturó la mano derecha, con la cual intentó esquivar el golpe. “Y te me vas de mi casa, desgraciado. Mis hijas se respetan, maldito sádico”, le gritaba al tiempo que comenzó a arrojarle toda su ropa y sus escasas pertenencias para el medio de la calle.

Pasados los meses, Rafael Segundo comenzó a asediar a Mary Esther para que lo perdonase y le llevaba regalitos. Hubo un día incluso cuando se apareció con un ramo de flores. La mujer lo pensaba y lo requetepensaba. En el fondo lo quería, pero primero estaban sus hijas. Al final, terminó aceptando. Prevaleció el sentimiento de que no era nada bueno para una mujer, con seis muchachos, estar sola en un barrio tan peligroso como aquel.

“Está bien, Rafael Segundo. Te voy a dar una segunda oportunidad. Pero esta será la última. Ni te le acerques a mis hijas, y si puedes evitar mirarlas, mejor”, le dijo. 

La celada. Aquella noche, Romero se apareció con una caja de cervezas y dos pizzas. Después de cenar, se pusieron a ver televisión y él comenzó a tomar cervezas con Mary Esther. Cuatro horas después, se encontraban bastante tomados. Fuera no había ni un alma y si acaso se escuchaban los ladridos de los perros de vez en cuando. Él fue al baño y cuando venía de regreso se quedó espiando en la puerta de la habitación de las muchachas. En eso estaba cuando sintió un golpe en la espalda. Cuando se volteó, Mary Esther le arañó la cara y Rafael Segundo la empujó con fuerza. La mujer cayó al piso y casi que no se podía levantar. “Vamos a terminar esta verga de una buena vez”, dijo él, al tiempo que se metía en la cocina. Segundos después, salió con un cuchillo y atacó a su esposa. Le profirió varias heridas en la mejilla, el labio, las manos y, finalmente, le clavó el cuchillo en el pecho.

La niña de 13 años se levantó por el ruido y presenció la escena. De inmediato, comenzó a pegar gritos. Romero soltó el cuchillo y escapó corriendo. La muerte de Mary Esther causó consternación. Los vecinos cargaron el cadáver y lo acomodaron dentro de un chinchorro, donde permaneció hasta las 11 de la mañana del día siguiente, cuando llegaron los funcionarios del Cicpc.

Se pensaba que había huido a Colombia. Las autoridades comenzaron a buscarlo en el municipio Guajira. Otros decían que podía estar escondido en el sector Las Amalias, en el barrio Jaime Lusinchi o cerca de un depósito de licores. Finalmente, fue capturado en una invasión llamada Santa María, en La Concepción.

wpoleo@cadena-capriles.com


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