Últimas Noticias Logo

Caracas, 26/10/2014
Iniciar sesión| Registrarse


SUCESOS | 29/04/2012 01:44:00 p.m.
Crónica Negra: La inocente colectora de la muerte
Juan Antonio, de 62 años, nunca imaginó que su gusto por las jovencitas lo iba a llevar a la muerte. Conozca su fatal destino en nuestra Crónica Negra de este domingo.

Crónica Negra: La inocente colectora de la muerte
(Creditos: ÚN)
Wilmer Poleo Zerpa.- Juan Antonio tenía 62 años, pero aparentaba un poco más. Desde hacía bastante tiempo había dejado de usar franelas y las camisas casi que ya no podían ocultar su amplia barriga. Era de tez rojiza y brillante y dueño de un sonsonete andino inconfundible. Un buen día apareció en tierras tuyeras y dijo que era oriundo de San Cristóbal, capital del estado Táchira, aunque sus amigos bromeaban con él y solían decirle que era del Táchira, pero de las afueritas.

Los tuyeros sólo conocían de su pasado reciente. Que al llegar a Venezuela se puso a trabajar como avance de una línea de camioneticas de la Asociación Cooperativa de Transporte La Raisa, que cubre la ruta Caracas-Santa Teresa, que a los meses conoció a Rosa Eulalia, una negra fornida y brillosa también que vivía en Santa Teresa y a la que se le había muerto el marido hace cosa de diez años; que lo corrieron de la casa de la negra porque una vecina lo acusó de haberle insinuado cosas a su hija de catorce años y que Eulalia le habría gritado a todo gañote en pleno centro de la calle. "Recoges tus cuatro peroles y te me vas pa'l carajo, que yo con aberrados no quiero nada"; que lo habían dejado fijo como chofer de la línea y que no pagaba alquiler en casa alguna porque él decía que eso era mucha plata y se iba a quedar arruinado y que desde hacía tres meses se estaba quedando a dormir dentro del microbús, el cual estacionaba, una vez que terminaba su faena del día, en un taller, adyacente al terminal de pasajeros de Ciudad Lozada en Santa Teresa del Tuy.

Juan Antonio tenía un diente de oro, que mostraba orgulloso cada vez que reía a carcajadas, el cual no le lucía con sus desgastados zapatos de suela ni con la cabuyita curtida con la cual amarraba sus pantalones y que era casi del mismo color a la franelilla que usaba debajo de las camisas.

Sus necesidades las hacía en los baños del terminal y se duchaba con el agua que solía llevar en una garrafa, la cual le alcanzaba para todo el cuerpo, pues mojaba una lanilla (trapito amarillo) y se lo pasaba por todo el cuerpo, pies incluidos.

"Claro que sí, mamita, claro que la quiero. ¿Cómo va a pensar usted que yo no la quiero? Lo que pasa es que tengo mucho trabajo aquí en Caracas. Sí, sí, ya usted va a ver. Le voy a hacer un regalo que se va a quedar loca. Claro que sí, mamita. Usted sabe que yo tengo mucho dinero y que estoy dispuesto a complacerla en todo lo que usted me pida, siempre y cuando usted se porte bien conmigo. No, mamita, yo tampoco quiero hijos y quién le dijo a usted semejante cosa. Vamos a gozar la vida. Y mire, mamita, y el año que viene, cuando usted se me gradue de bachiller, si usted se porta bien conmigo, la voy a llevar para Margarita y nos vamos a montar en un avión y todo. Yo no seré un galán, pero tengo mi encanto, mamita, y usted lo sabe. Además que tengo algo que a usted le gusta mucho y usted tiene muchas cosas que a mí me fascinan, sobre todo esas teticas ricas, que usted sabe que me vuelven loco. Pero ya le dije que sí, mamita, yo le voy a regalar un teléfono de esos nuevos que salieron. Usted pida no más por esa boquita".

Juan Antonio colgó la llamada, suspiró y se quedó pensativo un instante. De reojo miraba a la muchacha que atendía el puesto de teléfonos en la entrada del terminal y que, era obvio, había escuchado toda la conversación ficticia que acababa de sostener.

-Ufff, esa niña sí pide -dijo él, mirando a la adolescente con ojos enternecidos.

-¿Es su hija? -quiso saber ella, bajándose un poco la franelilla para que no se le viese el ombligo.

-No, que va, mamita. Es una novia que yo tenía allá en el Táchira.

-¿Una novia? Pero yo escuché que estudia bachillerato.

-Y ¿eso que tiene que ver? A mí me gustan las novias jovencitas. Y ¿usted cómo se llama, mamita… y dónde vive?

-Yo me llamo Esther, pero todos me conocen como la Negra, y vivo por allá por los lados de La Raisa, pero me quiero mudar porque mi papá me pega mucho y es muy borracho.

-¿Usted está loca, mamita? Y ¿para dónde se va a mudar?

-No sé todavía. Y ¿usted dónde vive? -preguntó ella acercándose un poco y bajándose de nuevo la franelilla.

-Eso es una historia larga. No se vaya a reír, mamita. Ahorita estoy durmiendo dentro del microbús, porque quiero reunir plata para comprarme una quintota que me están vendiendo y una camioneta Explorer. Y ¿cuántos años tiene usted, mamita?

-Yo voy a cumplir 17, pero mi mamá dice que soy una mujer hecha y derecha.

-Y ¿usted tiene novio?

-Hay un chamito del barrio que dice que es novio mío, pero a mí no me gusta.

Una semana después, José Antonio Betancourt Valera la presentó en la línea como su hija y pidió permiso especial a los directivos para que le permitieran trabajar con él como colectora, pues las normas de la cooperativa prohíben la contratación de mujeres y menores para ese cargo.

"Te vas a meter en tremendo peo. Esa no es ninguna hija tuya, gochito. Yo conozco esa carajita. Ella se la pasa con una bandita de La Raisa y la mamá es rolo e jíbara. Es más, yo creo que esa coñito le mete a la piedra. El hijo mío la conoce y me dijo que era piedrera", le dijo en una ocasión uno de sus compañeros de trabajo, pero Juan Antonio no le hizo caso.

-Entonces, ¿me va a comprar el BlackBerry?

-Claro que sí, mamita, pero deme tiempo.

-Y también necesito unos pantalones, unos zapatos de goma y unas franelas.

-Todo eso se lo voy a comprar, mamita, quédese tranquila.

-Sí…, quédese tranquila, ya llevamos como 15 días juntos y no me ha comprado nadita y lo que piensa es puro en cogerme. Yo no entiendo qué hace to'a la plata que gana.

-Te dije que estoy reuniendo para comprar la camionetota y la quinta. Pero tranquila, que lo tuyo viene. Además, no te quejes tanto, yo te compro la comida todos los días.

-¿Comida? Puro perrocaliente y hamburguesa será. Yo no sé, yo quiero que me compre mi BlackBerry. Si no, no respondo.

-Ya, ya, ya. No se me ponga bellaca, que no le queda naíta bien. Véngase pa'cá.

Una semana después, el cadáver de Juan Antonio fue hallado por un vigilante privado a las siete de la mañana de un miércoles. A simple vista, se podía observar una gran mancha negruzca en el piso de la buseta Encava verde con blanco que estaba estacionada al fondo del taller. De la herida que el infortunado tenía en el cuello, ya no manaba sangre. Varias moscas revoloteaban en el lugar disputándose un lugar en la escena del crimen. Todos sus bolsillos habían sido vaciados. De la adolescente no había rastro alguno. Nadie lloró la muerte de Juan Antonio.




Publicidad


Publicidad


Publicidad


Publicidad


Publicidad


Publicidad