Tiraparaísmo

En Venezuela, llevar a cabo una acción audaz, improvisada, irracional e impulsiva, de la cual se espera un resultado favorable aún cuando no se tenga ni la más mínima idea de cuáles puedan ser sus consecuencias, ni adversas ni positivas, se denomina “tirar la parada”. Una acción revestida siempre de irresponsabilidad e insensatez, cuyo éxito dependerá más de algún milagro que del juicio humano.

De ahí que el accionar de la dirigencia opositora venezolana tiene que estar inscrito inevitablemente en esa definición que describe de manera cabal y perfecta la agenda política de un sector empeñado en mostrarle al mundo la ineptitud y la incongruencia como rasgos determinantes de su conducta.

La chapuza del 30 de abril en la autopista del este (que pretendió presentarse como toma de una instalación militar) no puede ser entendida de ninguna otra manera como no sea la de un albur, una apuesta en el aire, una parada sin sentido, sin ningún otro propósito que “ver si se daba”, pero sin apoyo ni fundamento alguno que no fuera el de los dedos cruzados o la íntima oración de los complotados.

Un suicidio político que, al llevarse a cabo, reconocía que no tenían ninguna confianza en la “marcha más grande de la historia” que habían convocado para el día siguiente.

Con su audacia desactivaron esa convocatoria que, a diferencia de la intentona subversiva, era legal y podía haber concitado una participación mayor que la que a todas luces iban a tener en la autopista. Que ponía en riesgo la credibilidad del autojuramentado, así como el beneficio de libertad condicional de su líder.

Pero que también ponía en tres y dos al primer vicepresidente de la AN en desacato que, de no haberse presentado en ese escenario, con toda seguridad habría asumido más temprano que tarde la presidencia de ese ente parlamentario.

Y, lo que es más lamentable; engañar a militares que acaban de ser ascendidos, para frustrarles así caprichosa e inútilmente sus carreras.

El fracaso, que era tan claramente previsible, no fue evitado a pesar del obvio revés hacia el cual se dirigían.

¿Por qué perseverar tan tercamente en lo inviable? La obstinada recurrencia opositora en la insensatez (invariabilidad errática) no puede ser entendida sino como un culto al “tiraparaísmo”.

Alberto Aranguibel B.