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Últimas Noticias Domingo 01 de Diciembre de 2002

CHÉVERE

Pare de Sufrir
Diarios del Caribe

Luis Britto García


Caribe, vorágine de viento y corrientes, nación indígena, Mediterráneo americano cuya posesión significó el dominio del mundo, caleidoscópica diversidad, manera de ser. Este piélago habla. Amo el Caribe, dice André Pyeire de Mandiargues, porque es el paraje geográfico más próximo a la alucinación.

La cultura es el paisaje, añade Lezama Lima. No deberíamos ser demasiado diferentes del ámbito que vivimos y de la historia que nos engendra.

Pensemos en este mundo sobre el cual evitan meditar tantos de sus habitantes. El mar lo agobia de infinito. Las aguas separan y comunican islas que brotan del abismo como dientes de una desgastada mandíbula de tiburón. La costa es patria de todos los que no tienen ninguna: mercaderes, filibusteros, demagogos. Late el Caribe con la sístole y la diástole de lo unitario y lo diverso.

El Caribe no es una topografía, sino una geografía del estilo.

Sensualidad. Nuestros antepasados apenas tienen algo más que sus cuerpos. La piel es experiencia. El éxtasis es la desnudez. El trópico, dice Gabriel García Márquez, huele a guayaba podrida. Todo exhala materia de la vida a la cual la proximidad de la muerte exacerba y exalta. El sol es chisporroteo o destello. El calor infunde a lo inanimado tibieza corporal y al agua calidez de sangre. Hasta la muerte mineral del mar palpita. El Caribe es el modo de vida de la fiebre.

Musicalidad. Para indios y africanos, la música es el centro de la vida social. También para el marino, cuyas faenas acompasa la melodía. Andar y baile tienen cadencia de ola. El habla del Caribe canta, y por momentos danza. No porque su literatura ficcionalice alguna estrella de la canción o parodie su culto. No en balde pertenecen al ámbito del Caribe los grandes precursores del modernismo, José Martí y José Antonio Pérez Bonalde. No por casualidad lo que viene después suena a tambor: Nicolás Guillén y Boom. No por nada la posmodernidad sobrevive en novelas con nombre de partituras: Los reyes del mambo; Que viva la música, Bolero.

Barroco. Durante medio milenio se exterminan en un mismo mar arawaks, caribes, españoles, alemanes, franceses, ingleses, holandeses, daneses, africanos, católicos, calvinistas, libertinos, absolutistas, republicanos, utopistas, anarquistas.

Todo lo hacen en nombre de sus propios fetiches.

Menos feroces que sus cultores, sus ídolos hacen las paces.

En la cultura resultante coexisten sin rechazo inmunológico signos antagónicos. Según Lezama Lima, el barroco es lo que interesa de España y de España en América. En el Caribe todo se sincretiza. Toda ceremonia desposa el paroxismo barroco y el desmadre conceptista.

El barroco, arte oficial de la Contrarreforma que salva las almas mediante la abrumación sensorial, en el Caribe las pierde por vías de la confusión sensible.

Utopía. La Utopía es la partida de nacimiento del Caribe moderno. En él encuentra Co lón “indicios certísimos de Paraíso”, Tomás Moro hace que su Utopía sea narrada por Rafael Hitloday, tripulante de Américo Vespucio. Francis Bacon sitúa en el Nuevo Mundo su Nueva Atlántida. El Caribe ofrece al europeo el escándalo de seres que parecen vivir en la Edad de Oro, sin diferencia de castas, autoridades ni jerarquías.

Son los buenos salvajes que servirán de paradigma para Montaigne, Voltaire y Rousseau, y de modelo para todas las revoluciones. Mientras son libres, no imitan a los europeos.

Éstos los mimetizan cada vez que se liberan: se unen a los indios, como Martín Tinajero, fundan la Hermandad de la Costa o la colonia de Nueva Plymouth.

Delirio. Todo en el Caribe estimula el asombro. Lo real parece inverosímil. Lo inverosímil es el nombre de lo verídico. En su abismo fulgura el coral de la alucinación. En su orgía luminosa, es el Caribe camposanto de terribles fantasmas: el caribe, el cimarrón, el bucanero, el dictador, el zombi, el santero.

De allí el realismo mágico, lo maravilloso, lo real maravilloso.

No surgen de observar las creencias africanas y las mitologías indígenas con óptica europea.

Similar es el resultado de examinar la catedral barroca y la fortaleza estrellada con los ojos del hombre primigenio.

En ningún otro sitio se rechaza tan visceralmente la lógica cartesiana o la Razón instrumental.

Ambas son armas del enemigo: del tumulto de enemigos.

La invasión europea, que en Tierra Firme impuso una religión católica y dos lenguas romances, fragmentó el Caribe en una miríada de lenguas y una proliferación de sectas. La profusión de signos los descontextualiza mutuamente.

Fatalidad. Los europeos reestrenan la tragedia de Caín mediante hecatombes atroces, desarraigos planetarios, poderes devoradores. Los pueblos originarios son terminados, se dejan morir o se suicidan. Refiere el padre Labat que los esclavos negros también se matan en masa, esperando resucitar en Africa. En el Caribe los imperios juegan el mismo papel que el destino en la tragedia griega. Sobre la inocencia de la playa vela el laberinto de la fortaleza. Por la fiesta del mar discurren el tiburón y la cañonera. Sobre ellos amenaza la catarsis del huracán celeste o humano.

Desasimiento. La comparsa desfila por fuera, la procesión anda por dentro. Tras el fastuoso carnaval atisba la distancia.

El tumulto es reverberante silencio. La extraversión es barrera que protege el estoicismo del Yo de todo vasallaje. Ni caribes ni arawaks admiten jerarquías distintas de las familiares.

No reconoce el caribeño más estructuras que las de la solidaridad tribal. Su devoción nunca va hacia lo hereditario, lo institucional ni lo abstracto. Lo solemne es picúo para el cubano y pavoso para el venezolano. Guasa es rebelión.

En el principio no hubo en el Caribe jerarquías, ni las habrá al final.

Mientras filmo la serie documental El Imperio de los Piratas, recorro de nuevo el mar que late en nuestra memoria.

De vez en cuando les iré contando.

Las aguas separan y comunican islas que brotan del abismo como dientes de una desgastada mandíbula de tiburón.La costa es patria de todos los que no tienen ninguna: mercaderes, filibusteros, demagogos.



“Las aguas separan y comunican islas que brotan del abismo como dientes de una desgastada mandíbula de tiburón.La costa es patria de todos los que no tienen ninguna: mercaderes, filibusteros, demagogos.”



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