| Artículo anterior | Ver página | Próximo artículo |
| Últimas Noticias Domingo 27 de Octubre de 2002 |
|
LA OPINIÓN La fiesta de los animalesStefania Mosca
En los pueblos del norte europeo -los bárbaros, tradicionalmente- no sólo celebran al hombre salvaje (que lleva en su morral un hombrecito para el almuerzo y tiene el cuerpo cubierto de naturaleza, es decir, de follaje, ramas, helechos, tierra, monte), también celebran una fiesta de animales. Cada persona, cada ciudadano o cada servidor público, cada funcionario, cada alcalde, gobernador o presidente, director o equis es un animal. En la fiesta, se ponen sus máscaras y así, de algún modo que tía Guillermina no termina de entender, el país se salva de las tendencias básicas que sustituyen las representaciones y los representantes del poder por la fuerza simplemente. Los excluidos, no hace falta leer una editorial para saberlo, colmaron la avenida Bolívar el 13 de octubre y el 13 de abril, fueron ellos (pobres, lumpen, borrachines y otros epítetos nada edificantes y muchos menos incluyentes), ellos, los venezolanos que han sobrevivido a la rapacidad de los que han ejercido el poder en Venezuela, ellos, contra todos los pronósticos, recuperaron el hilo constitucional, es decir, este sistema de libertades. Increíble que aún persistan y sean tantos y tan valerosos que luchan contra aquello que más los seduce: sus televisores. Son pobres, marginales, es cierto. Es probable que ellos no puedan construir el país solos. Pero sin ellos ya más nunca habrá República. Los líderes opositores, en sus palestras hechas más a la medida del espectáculo que del compromiso, no supieron, por su arrogancia, leer el pacto afectivo. - "Yo beso la frente del pueblo venezolano. Yo le beso las manos al pueblo venezolano. Yo le lavo los pies al pueblo venezolano". Esa inclusión, esa deuda que se tenía con el total de los ciudadanos del país está siendo saldada. Falta, es evidente, civilidad. Pero ¿quiénes son los bárbaros? Si hubiera una fiesta de animales entre nosotros, al menos pudiéramos creer que somos efectivamente los animales que tenemos que dejar de ser. Sin embargo, de forma paradójica, en los pueblos del Sur, la elementalidad no viene encubierta y por ende expresada por la máscara del animal (que libera). La máscara quiere no ser una máscara. Nuestra herencia o tradición colonial ha configurado un sujeto histórico que padece la dolencia de referir lo civilizado como lo foráneo y ver lo bárbaro en lo propio, como algo que debe erradicarse. De ahí que en este hemisferio, la fiesta de animales ostente la máscara del hombre civilizado para expresar contenidos bárbaros, para liberar la violencia por este camino pervertido. Hablan de democracia pero ocultan vivo al caudillito decimonónico: sus manos puestas en el cinto, su pecho hacia afuera, tan arrogante, pisando mujeres y pisando la tierra sin sembrar, sólo por pisar y destruir y dominar. Los civilizados recuerdan con nostalgia su apego a los sentimientos verdaderos. Asdrúbal Aguiar, por ejemplo, lamenta que aún todos los venezolanos, pese a los esfuerzos de los ilustrados, no hayan bajado de los árboles. Yo comprendo el desprecio, tiene causas "históricas". Pero esto no lo valida. La esclavitud, los etnocidios, las violaciones y las guerras también. No hay una reacción tipificada ni tipificable. La mentira podría sustituir al mundo, pero la experiencia del mundo, un solo instante de realidad puede deshacer todas las teorías del orden, todos los fuegos fatuos, todas las versiones de la pantalla. Lo real aún existe y vive en los cuerpos. |
|
||||||
| En esta sección |
| Artículo anterior |
|
Ver página |
|
Arriba |
|
Próximo artículo |
Copyright 2000. Cadena Capriles C.A.
Todos los Derechos Reservados
Una solución
